victor nubla   /   cinco sueños
lectura realizada en Conservas, Barcelona, 1998
 
 

No voy a hacer igual que otros, que cuentan como experiencias reales historias salidas de su imaginación. Advierto claramente a todos, que lo que voy a explicar no ha sucedido más que en mi imaginación aunque, éso si, sin mi consentimiento, pues son sueños. Son cinco de entre los muchos sueños que tuve en 1995.

1. ¿Habéis soñado alguna vez que viajábais en el tiempo? A mí me sucedió.
Soñé que las primeras dosis de L.S.D. introducidas en las canalizaciones de agua potable datan de 1966. Afectaron a las ciudades de San Francisco, Berna, Zurich, Pamplona y Teherán. No fueron las únicas.
En 1985, casi la totalidad de la población mundial se hallaba bajo los constantes efectos de la sustancia sin saberlo. El grupo terrorista que llevó a cabo la acción, se disolvió poco después, sin que nadie llegara a conocer su identidad.
A principios de los 90, esta información llega a ser conocida por determinados políticos. Es entonces cuando comienza a idearse un método para solventar la situación. El método, concebido por un equipo científico secreto, consiste en viajar en el tiempo para tratar de evitar lo sucedido en 1966. Ésto se lleva a cabo conduciendo el sueño de personas. Naturalmente, los soñantes son elegidos sin su consentimiento y no conocen en absoluto que son objeto de tan singular manipulación. Se instalan laboratorios en varias ciudades. Estos laboratorios se activan por la noche, y gracias a una sofisticada combinación de elementos biotecnológicos, se vehiculan las ondas cerebrales de estas personas, que son materializadas por grupos en las ciudades clave. Con cada grupo, uno o dos miembros de la anti-conspiración, previamente inducidos al sueño, supervisan las operaciones que consisten, más o menos, en aprovechar el tiempo real de un sueño nocturno profundo de toda aquellas personas, para desenvolverse físicamente en una ciudad, en las fechas alrededor de las que se suponen que se produjeron los vertidos. La operación hace años que se desarrolla y sigue estando en su primera fase, es decir, la de averiguar la identidad de los causantes y cuándo se produjo. Por esa razón se envía a los soñantes a los campus universitarios y barrios o ambientes donde se pudiera haber urdido la conspiración.
De manera que en 1966 hay montones de personas que tratan con soñantes de finales de siglo. Los primeros no saben la condición de los segundos y los segundos, viven su sueño o como mucho, creen estar soñando. Estos mismos, en su vigilia, conocen gentes que son en realidad viajeros del futuro que sueñan hacia el pasado. Otras organizaciones, otros objetivos. El resultado es que, desde que se descubre el método de viajar en el tiempo mediante la manipulación de los sueños, la historia está llena de gente de todos los futuros viajando hacia todos los pasados. También existen organizaciones de desviadores. Nadie sabe muy bien cuáles pueden ser sus intenciones o a qué consigna obedecen, pero andan por ahí desviando sueños inducidos. Los desvían a distintos lugares, merenderos para picnic o cosas peores. Existe la teoría de que los desviadores están allí como para regular el tráfico de soñantes, ya que existen riesgos concretos relacionados con uno mismo y las cosas que en el futuro le puedan implicar personalmente cuando uno viaja al pasado en un sueño inducido que no cree real. También hay quien piensa que los desviadores sólo hacen ésto para divertirse. Tampoco se puede saber de cuándo provienen, de qué momento del futuro. Por éso también hay quien dice que los desviadores son los únicos que sueñan en presente y no se desplazan en el tiempo, lo cual provoca refracciones en los sueños temporales ajenos. Estas refracciones son los desvíos.
En cuanto a gente del pasado que viaje hacia el futuro, se tiene conocimiento de extraños soñantes que provienen del pasado. Son fáciles de identificar: si bien en la vida de vigilia parecen absolutamente reales, en los sueños aparecen algo difuminados. Por ejemplo, un viajero temporal, soñante o no, que provenga de 1740 es detectable sensorialmente de una manera completa por los habitantes de 1964, pero incompleta por los soñantes de 1994 que viajan a 1964.
De todo ésto me enteré en un sueño que compartí con un grupo de gente dirigido a Berkeley, California. Algunos de ellos ya habían estado desplazados en muchas ocasiones, así que habían acabado por descubrir el asunto. Usaron códigos de desviadores para dejar sólo al tipo que nos conducía y desplazarnos al lugar del sueño que explicaré a continuación. Allí me explicaron todo lo que acabo de contar.
No lo olvidéis, si soñáis que estáis en algún lugar donde los coches parecen un poco antiguos o la gente anda por ahí escuchando a Jimi Hendrix, sospechad, podéis estar formando parte de un grupo de sueño dirigido hacia el pasado.

2. Bueno, ésto sí que eran sueños comunes o compartidos. Como el siguiente:
Es un lugar común al que llegas desde la duermevela.
Justo antes del sueño profundo, parece que existen unos indicadores muy discretos, pero se pueden detectar y seguirlos, y sin andar apenas, encontrarse en un amplio terreno con mesas de picnic, árboles frondosos y un famoso merendero con clima de tarde de verano permanente. Toda esta instalación rodea a una gran carpa llena de cientos de personas en bañador. Hay un sólo videojuego. Se trata de un cañón-lanzadera que dispara de un lado a otro de la inmensa sala rayos de colores que inciden en una gran pantalla que está en el otro extremo. Todos sonríen y parecen estar de vacaciones y, a pesar de ir en bañador, llevan una identificación con su nombre muy visible a la altura del bolsillo superior de la camisa. Las bebidas son excelentes, encuentro muchos conocidos y nos saludamos. Es un lugar del que se sale muy fácil. Sólo hay que dudar un instante de que aquello sea así e inmediatamente te encuentras proyectado en el sueño de cualquier vecino de tu escalera.

3. Y no sé si fue el sueño de algún vecino de mi escalera, pero me encontré una vez, de repente, saliendo de un autocar. Me acababa de dormir y me pareció extraño encontrarme directamente allí, así que supuse que alguien ya andaba soñando en ello.
Bien, el caso es que el autocar acababa de detenerse y todos bajamos de él. Eran personas diríamos de la "tercera edad" y no parecieron reparar en mí. Todos llevábamos una toalla y una bolsa de deporte. Nos habíamos detenido delante de un edificio de apartamentos muy estropeado. Indudablemente, estábamos en una barriada del extrarradio, bastante degradada. Fuimos tomando en grupos el ascensor que nos llevaba hasta el último piso. Una vez allí, nos cambiábamos rápidamente la ropa de calle por nuestros bañadores. Una mujer de mediana edad iba distribuyendo a los bañistas en habitaciones, que eran las de un piso normal, aunque vacías. Al final había una terraza. Cuando pude acercarme a una ventana vi que de la terraza partía una escalera que descendía tallada en la roca de un acantilado. No había, pues, otros pisos bajo aquel, ya no estábamos sobre un edificio, sino en lo alto de un acantilado de la misma altura. Abajo refulgía el mar. Aunque la propia consistencia del mar, y de la pequeña playa, y de las sombrillas a rayas rojas y blancas que estaban diseminadas por ella, era extraña, digamos que móvil. Concentrando la mirada, se notaba como una transparencia; a través del paisaje que acabo de describir, se veía el asfalto de un callejón, unos coches aparcados, contenedores de basuras... Por la escalera bajaban los primeros grupos de bañistas. Me encontré en el siguiente grupo que tenía que bajar.
Al comenzar a descender, miré abajo y el acantilado, la playa, las sombrillas y el mar volvieron a hacerse reales. Se oía una música que procedía de abajo. Música de playa.

Cuando los sueños terminan así, es porque algún vecino sueña algo con mucha fuerza o porque el sueño deja de interesarme o, incluso, porque me he olvidado del resto.

4.  Sin embargo, el sueño que voy a explicar a continuación no terminó por ninguno de estos motivos, sino porque me desperté de la sorpresa que me produjo:
Nos habíamos puesto de acuerdo unos cuantos para ir a la fiesta de cumpleaños de un amigo en Girona (no tengo ningún amigo en Girona). Preparamos regalos y algunas botellas y cogimos un tren a media tarde. La hora de llegada coincidiría con el comienzo de la fiesta. El tren estaba bastante lleno, pues era el comienzo del fin de semana. No había sitio para todos, así que algunos de nosotros viajábamos en la plataforma.
Deberíamos llevar recorrida la mitad del viaje cuando, de pronto, hubo una explosión sorda y el tren se sacudió, se movió de lado a lado y acabó parándose. Noté un silencio, el silencio que hay después de los accidentes. Todos los cristales estaban rotos. Comenzaron a oirse gemidos y voces. Vi que sangraba, quizá por los cristales rotos. Podía mover los brazos y las piernas. Busqué a mis amigos, ninguno estaba malherido. Nadie se explicaba lo sucedido.
Pasaron muchos minutos hasta que varias personas con uniformes de la Guardia Civil y de la Cruz Roja forzaron las puertas del tren y entraron en él. Iban atendiendo a los pasajeros. Les pregunté, y me dijeron: ha sido un atentado. Una carga en la vía, pero todo está controlado. Les recogerán en autobuses después de las curas de urgencia. Ustedes no están malheridos, pero si quieren ser hospitalizados, sólo tienen que decirlo, los hospitales están preparados. En caso contrario, serán conducidos a su destino. Así que llegamos a Gerona con unos cuantos esparadrapos que no llevábamos al salir de Barcelona.
Llegamos a la casa de nuestro amigo cuando la fiesta llevaba varias horas de apogeo. La noticia del atentado había llegado con algún invitado. Todos estaban expectantes y más interesados en nuestro grupo que en el propio anfitrión. Preguntaban, se preocupaban y se tranquilizaban al saber que sólo estábamos contusionados y rasguñados. Así que fui hablando con uno y otro casi sin llegar al salón principal, tal era el interés de todos por nuestra aventura. A las preguntas generales e incluso a las informaciones que ni siquiera nosotros mismos conocíamos, les sucedieron otros tipos de comentarios más extraños, y sin extenderme en su contenido, diré que atribuí mi confusión al aturdimiento consecuencia del shock. Hasta que, mientras alguien me ponía la enésima copa de champán en la mano, otro amigo se me acercó y me dijo: "joder, debe ser muy fuerte, ¿te encuentras bien?" Sí, claro, le respondí, sólo un poco desconcertado, dolorido, y supongo que estoy bajo los efectos del shock, pero nada más. "Ya", me respondió, "menos mal, porque en tu nueva situación...". Sorprendido, miré a las caras de los que me rodeaban, pero su expresión sólo parecía corroborar, expectante, la de mi interlocutor. "Vaya, debe ser algo extraordinario, quiero decir, ¿qué vas a hacer?", insistió. Perplejo, murmuré una excusa y me dirigí al cuarto de baño. Entré, encendí la luz y me miré al espejo: me había convertido en una mulata de metro noventa.
Regresé a la fiesta preguntándome de dónde habría salido aquel vestido rojo tan sexy que llevaba puesto. Crek se me acercó y me dijo: "bueno, ahora, con tu nuevo aspecto, Macromassa va a triunfar totalmente". "Es cierto", dijeron otros que estaban por allí, "váis a causar sensación en el Sidecar". De pronto pensé: ahora tendré la regla todos los meses. Y me desperté.

5. El siguiente sueño es de corte histórico-lingüístico. Váis a ver.

Yo era un periodista de una agencia de noticias internacional y me encontraba alojado en el Sheraton de Saigón, cubriendo los últimos días del ejército americano en aquella ciudad. Me encontraba, pues, viviendo la caída de Saigón. Aquella mañana unos oficiales habían recomendado a la prensa que abandonara la ciudad en los helicópteros militares, tal como la tropa estaba haciéndolo desde hacía unos días. La llegada del viet-kong era inminente. Así que, tras el desayuno, subí a mi habitación y comencé a empaquetar mis cosas. De pronto llamaron a la puerta. Abrí, y me encontré con un anciano de larga barba blanca, vestido con una túnica de seda, sandalias y un casquete redondo en el que estaba bordado un dragón dorado. Su brazo descansaba sobre el hombro de un muchacho de unos veinte años muy atemorizado.
"Necesito que me ayude", me dijo, "este es mi sobrino. Llegamos a Saigón hace una semana. Yo debía visitar el oculista y él me acompañó. Somos de otra provincia. Desde entonces no hemos conseguido salir de la ciudad. Si los americanos se marchan, el viet-kong la ocupará inmediatamente. Mi sobrino será seguramente ejecutado como traidor. He oído decir que cada periodista puede acompañarse de una persona para huir en los helicópteros. Llévelo con usted, y le salvará la vida. No temo por la mía, soy viejo y nadie se fijará en mí".
Acepté. Cogí mis maletas y abandonamos el hotel. La ciudad estaba en ruinas. Columnas de humo se elevaban desde los edificios más importantes. Los únicos coches que podían funcionar, rodaban a toda velocidad, repletos de gente. Aviones de caza nos sobrevolaban con estruendo. Todo el mundo se dirigía al río. Junto a él, grandes helicópteros de carga pintados de verde oscuro despegaban y aterrizaban entre la muchedumbre, levantado nubes de polvo y agitando el agua amarillenta. Una muchedumbre formada por paisanos y hombres de uniforme luchaba por subir en cada aparato que se posaba. Éstos partían sin poder cerrar las puertas.
El anciano se detuvo un momento, supuse que para despedirse de nosotros, pues ya estábamos a pocos metros. Al otro lado del río, las terrazas de cultivo se extendían en suaves lomas. "Para nosotros, para nuestra cultura, el río es la vida", dijo, mirándome gravemente, "nos da el agua para beber y para cultivar, nos provee el pescado para comer y viajamos por él para recorrer nuestro país. Tanto es su valor e importancia que en cada ciudad que lo jalona, encontrarás homenajes al río, altares en su reconocimiento, como éste". Señaló a mi derecha. Había allí un monumento, rodeado de parterres con flores. Era una estela de piedra de unos cinco metros de altura. En su extremo superior estaba cincelado un delfín saltando graciosamente sobre el agua. Ví que la estela tenía una inscripción vertical. Su grafía me pareció familiar y comprendí que estaba escrita con nuestro alfabeto. Me acerqué. Eran tres sílabas dispuestas verticalmente. Leí, de arriba a abajo. La inscripción decía:

IN
DU
RAIN

Me desperté sobresaltado.
 

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