UN TEXTO CLARAMENTE SUBMUNDIAL:
PEDRO PATATILLAS, DETECTIVE RONCHIS EN GARBANCIUTAD.
por Victor Nubla


(NOTA DEL TRANSCRIPTOR.

Pedro Patatillas, detective Ronchis en Garbanciutad, es el título de un tema de Macromassa, que se encuentra en el disco UMYU (Las flores amarillas también dan entradas nuevas a los perros), publicado en 1995. Para ser más precisos, dos temas, uno con el título completo y otra en forma de reprise titulado precisamente Pedro Patatillas reprise. Eso viene a ser del dominio común, sin embargo pocos saben que hay una narración con el mismo título que, al parecer, escribió Victor Nubla durante el mismo año. Se trata de un texto fácilmente asimilable al espíritu de la novela Los Hechos Pérez. Formaría parte de la extensa producción en torno del Submundo Pérez, en el momento que comienzan a redactarse los primeros textos sobre zoología, antropología y física submundial. La versión recuperada aquí se presenta inconclusa, debido obviamente a la imposibilidad de hallar el texto restante. Unos sostienen la opinión de que nunca fue terminado. Otros afirman que es muy probable que se perdiera en alguna de los numerosos cambios de formato que estos textos sufrieron durante sucesivas importaciones a sistemas operativos nuevos, pues es bien sabido que, a partir de 1992, los Macromassa escribieron prácticamente todo su material literario en un Macintosh Classic, sin que haya versión en papel de todos esos textos. Al final de la historia, encontrarán nuevas anotaciones sobre el texto que nos ocupa y su posible continuidad. Muchas gracias.)


INTRODUCCIÓN.

Enroscado sobre sí mismo, el reptil Aurelio hacía caridad a la puerta de su casa. Tras la puerta, el mustélido Juan Alberto fingía escuchar atentamente las palabras del reptil. En el piso superior, enfundando colchones, la rapaz Ceferina se concentraba en el problema número veintitrés del Tratado de Matemáticas que Pisco Trotamundos había publicado en 1.9234. Ajenos por completo a la historia que se desarrollaba en el Submundo, hacían transcurrir el día. Pero, ¿qué sucedía mientras tanto? Veamos:

PRÓLOGO.

Tuve que hacerlo. Es decir, hube de ocuparme en ello de una manera activa. No dudaba que, a largo plazo, podía resultar beneficioso para mi organismo. Estamos convencidos habitualmente de la capacidad de nuestros semejantes para comprendernos. Somos, pues, seres homoterrenos. Serpientes de barro. Alhajas olvidadas en una cueva olvidada. Un ribete en un friso. Un sombrero en un paragüero. El sonido de las motocicletas en la noche lunática es como el tableteo de las tabletas tableteantes... desde esa perspectiva, ¿quién daría más por menos? ¿quién daría menos por Max?.

Max  y su hermano... cuántas noches alucinadas en el lecho de una carretera perdida que despedía el calor del día bajo las estrellas de agosto. Max y su hermano... la bicicleta con un pedal más alto que otro. El pedal que crecía, aumentaba. Y el otro, que disminuía y menguaba. ¡Max riendo ante un calendario primitivo con hojas de papel!. Me olvidaba de las horas en aquella posición. Y de los bocadillos. Años después encontré a Max en una hondonada de blanda hierba. Quemaba barritas de sándalo y entonaba vehementemente el Primer Canto Celular Básico de Desapetencia (P.C.C.B.D. / XVII). Instalaba porteros automáticos. Llevaba un uniforme azul.

Cuántas veces, cuántos hermanos. Cuántos carritos de helado se paseaban por las viñetas de la ventana del hospital donde Max iba a revisar su columna vertebral periódicamente, momento en que  se aprovechaba de mi carnet de Detective Privado Profesional Preferente para no pagar el taxi. Había olvidado decirles que ésa es mi profesión, pero ahora ya lo saben...

Un Detective Privado Profesional Preferente tiene sus obligaciones y también sus satisfacciones. Conocer la estación de autobuses de Villa Grilla, por ejemplo. Una ciudad como Villa Grilla resulta inolvidable, especialmente si a ella se llega en vuelo procedente de Garbanciutad, otra extraordinaria urbe con la catedral más majestuosa que nunca se haya visto. Es la más importante de toda la retícula submundial. Tiene cien torres, todas ellas de cristal menos una, que está enteramente construída en terracota.

EMPEZAMOS.
PRIMERA PARTE.

Y bien,  aquella mañana algo me conducía a mi inexorable destino: una llamada urgente de mi superior directo, el capitandante electo Lucas Tomate, un viejo amigo de Ovidio Rinocéfalo, que había conseguido su puesto presentándose a unas oposiciones regularizadas y normalizadas por la propia Sociedad Bianual Ronchis. Ovidio Rinocéfalo me habría recomendado comprar un nuevo cepillo de dientes para aquel viaje. Yo le hubiera hecho caso inmediatamente. Por desgracia, Ovidio Rinocéfalo no vino a despedirme aquella mañana al lanzo-puerto de Gobet-Gbet. La suerte estaba echada.

Como les decía antes, soy Pedro Patatillas, Detective Privado Profesional Preferente con cinco años de especialización Ronchis y tres becas submundiales. Me atengo a mí mismo en el noventa por cien de las decisiones profesionales que debo tomar y ello me ha creado una buena imagen entre mis superiores, que siempre han preferido ocuparse de sus cosas. El resultado de mis misiones es variable y sigue variando una vez concluidos los casos.


La llamada del capitandante Lucas Tomate había sido escueta: "Diríjase a usted mismo. Ya averiguará de qué se trata"-vociferó.

A bordo de mi PTT me sentía Poderoso,Táctico y Temible. Su conducción era un placer, una auténtica delicia verde-azulada. Enfilé la autopista sur en dirección a Garbanciutad.

Quienes hayan viajado a Garbanciutad en tren-lanzilla podrán opinar comúnmente, sin contradecirse nunca, sobre un viaje como ése: no hay nada que se le parezca. Incluso algunos pasajeros se niegan a aceptar que han llegado a Garbanciutad e insisten en que se les devuelva su dinero. Ello es motivo de incomodidad para el personal de la Compañía de Trenes-Lanzilla, que ha protagonizado huelgas muy  famosas en la historia del sindicato de horneros. En realidad el viaje dura seis días, lo que sucede es que la Compañía facilita a cada pasajero una dosis de Perturbal-90 que le mantiene en un estado uniforme de ensueño "d" hasta el momento del aterrizaje.

Aparqué mi flamante PTT junto a un comercio de neumáticos. Me encontraba en las afueras de Garbanciutad, a unas dos millas de su centro urbano y desde allí, la imponente catedral parecía a punto de caer sobre toda la ciudad, demoliendo cada pequeño comercio de neumáticos usados hasta dejar en la ruina a sus 50.000 habitantes (industriosos alfacincanos de hermoso folklore). Si mi neurotransmisor había comenzado a emitir mi posición Bunguyu,  probablemente ya estaba rodeado por los perros-lazo de la Policía Teocrática. Busqué en mi maleta el hueso-bomba y lo lancé a mi espalda. Escuché el sonido que produjo al caer en el suelo. Ni un ladrido, ni una explosión. Me giré, aliviado. Entonces pude ver a un centenar de gaviotas-lazillo con blindaje lasser que me observaban mientras fingían rascarse entre las plumas. Me apresaron de inmediato.

Fui conducido al cuartel general de la Policía Teocrática, que ocupaba precisamente los primeros cincuenta pisos de la impresionante catedral de Garbanciutad. Las calles parecían tomadas por las tanquetas-lanza y las patrullas de soldados, aunque en realidad se trataba de la celebración anual del concurso "Encuentre un buen disfraz en cinco minutos", en el que participan pueblos enteros menores de 40.000 habitantes. Max debía esperarme en el hipódromo, durante la tercera carrera de galgos. Ambos teníamos que apostar al cinco en la primera cabina comenzando a contar por el lado Este. Después, fingiendo comentar las apuestas, Max introduciría en mi bolsillo nuevas órdenes.  Aunque yo ya sabía a quién debía buscar, porqué y para quién. Debía llegar al hipódromo a tiempo, pero intuía que en la propia catedral (orgullo de Garbanciutad, perla del oeste nevado, nave anclada), podría resolver el misterio de mi presencia allí, conclusión a la que llegaba siempre para satisfacer a mis superiores. La situación volvió a decantarse a mi favor cuando hubieron de trasladar forzosamente los grandes premios del domingo a la planta baja de la catedral por motivos de seguridad, pues a la tercera carrera pensaba asistir la hija del presidente, propietaria del caballo número cinco, llamado "Bután".
Ser un Detective Privado Profesional Preferente tiene sus ventajas. Y también sus desventajas: zopilotes en soliloquios a caballo ora de una oreja, ora de otra. Celebración probable de los momentos de descodificación. El silencio o el sonido de dos oboes. La voz infantil o el silencio. La voz infantil de contenido adulto que escuchan todas las personas en algún momento de su vida. Todas esas cosas...
Pregunté por mi camarote y un zopilote me indicó amablemente el vestíbulo de ascensores, lugar al que  me dirigí arrastrando mi maleta azul con el llamativo escudo dorado del Hotel Gadget de Gorgago.  (El servicio de camarotes de la catedral de Garbanciutad, conocido entre los peregrinos y marinos submundiales desde hace siglos, conserva intacta su tradición de servidumbre y buen hacer culinario, siendo sólo un poco excesiva su diligencia para que puedas desayunar antes de que cierren el comedor.)
Lo primero que hice fue llamar por teléfono: Marcando varios números al azar, pude conocer a Lorna, una pelirroja de metro noventa que se quedaba a dormir con frecuencia en casa de Chichi Pistolero y jamás había tratado de echar a nadie a los canales. También era notorio que nunca se había hecho pis encima, ni en su más tierna senectud, al igual que el propio Chichi. Era perfecta porque, como en cierta ocasión dijo la propia torre Saenz de Guadalajara, "ella es como echar las cartas bajo la nieve en la Avenida de las Vías Respiratorias de Nobor-Puá".
De acuerdo, lo primero que preguntaron algunos fue: "¿Qué sentido tiene echar cartas bajo la nieve? ¿Cómo se puede levantar la nieve? ¿Porqué dicen siempre metro noventa si sólo mide unos centímetros en mi pantalla mundinovi?
-Porque te quieres a través de quererme, pero eso no tiene ninguna importancia; yo no soy yo ni tu eres tú, pero aunque no puedas decir a quién si que nazca, todos respetarán en ese niño, como en todoslos nbiño;;;2 -La computadora tosió, se estremeció y miró hacia otro lado. En una pantalla accesoria pude leer:

"G.O.S.O. (ap)
ESTO NO ES GARBANCIUTAD, SINO UN PEQUEÑO SATÉLITE DEL SISTEMA NÓDULUS.

necesito tiempo"

Salí del camarote en dirección al vestíbulo de la catedral. Me encontraba en el primer piso cuando vi aterrizar un helicóptero. Existen razones fundamentadas para no equivocarse al distinguir un helicóptero de las líneas aéreas Sincréticas. En primer lugar, las siglas B.L.I. (Banca Lírica de Iniciativas) ocupan la mayor parte del fuselaje. Se trata de la multinacional que esponsoriza a Garbanciutat desde 1.9794, año en el que el sistema Nódulus abandonó la confederación de las Iglesias de Blungui-Bli, que le unía a Gobet-Gbet, los territorios desconocidos de la Sociedad Bianual Ronchis, la ciudad de 1.264 y el consorcio formado por la Compañía de Lanzamientos Unidireccionales Frosbro-Dos-Semanas, la ciudad de Kndar y la entonces floreciente Fenómenos Ilimitados S.A. (F.I.S.A.). Del helicóptero descendieron ordenadamente unas quinientas personas que se dispersaron con rapidez en dirección a sus respectivas ocupaciones en la catedral. Reconocí inmediatamente la calva teñida de azul del arcipreste Gordon y me escondí tras una columna. De todos es sabido que al arcipreste Gordon y al alto tribuno de la catedral, Saúl Mandarino, no les une precisamente una amistad duradera y una total convergencia de criterios, sino lo que podríamos llamar un odio bien fundamentado. No en vano llevan disputándose la Copa Lunch de flotón desde hace cincuenta años, y el match es, invariablemente, nulo desde entonces.
La presencia del arcipreste Gordon en la catedral era un misterio y decidí seguirle, porque soy un Detective Privado Profesional Preferente y porque me debía dinero desde que un extraño suceso en Todomolontalña nos enfrentó al Gran Malís e hizo, posteriormente, que nos conociéramos.
Mientras seguía al arcipreste por los claustros del primer piso de la catedral, recordé que Lorna había preparado para aquel día una merienda campestre, muy cerca de Garbanciutad, en la linda localidad de Viví, donde solíamos frecuentar un pub muy acogedor llamado "El gato Silvestre". Llegábamos sobre las ocho, cuando ya era oscuro y los perros ladraban a las puertas de las casas. Caminábamos por el centro del sendero, abrazados, tratando de ver las luces del pueblo hasta que "El gato Silvestre", exhalando vapor por sus respiraderos, nos recibía. Eso siempre sucedía después de una tarde maravillosa en la que Lorna extendía su mantel a cuadros sobre algún dolmen y sacaba de la mochila las empanadas de guepardo que tanto se aprecian aquí. Después, hacíamos el amor y bebíamos vino azul.
Lorna me esperaba, seguro, en la estación de Garbancillo Norte y yo me encontraba siguiendo al arcipreste Gordon. Aquel día no habría merienda en el dolmen. Ello me enfureció y decidí ponerle la zancadilla al arcipreste Gordon. Caminé cada vez más aprisa hasta ponerme detrás suyo y aprovechar el vacío creado por su cuerpo al desplazarse. Cuando iba a introducir mi pie entre sus tobillos, alguien me disparó y perdí el conocimiento. Recuerdo que mi último pensamiento fue: "Aquí hay algo bueno. Si no, no me hubieran disparado".

Ciertamente, me extrañó bastante despertar en el mismo sitio en que había caído. Normalmente esperamos recuperar la consciencia en el hospital y encontrar una enfermera y el inspector de la Policía Teocrática aguardando para interrogarle a uno. Sin embargo, estaba en el suelo, mi maleta azul seguía junto a mí. Y no estaba herido; entonces supuse que me habían dejado fuera de combate con un dardo de birilio, esa droga cristalizada inteligente que ahora está tan de moda entre los policías de muchos países. No había nadie en el primer piso. Aunque resulte tópico, sentía un terrible dolor de cabeza.

-Te han quitado de enmedio porque les molestabas- dijo mi maleta azul, que caminaba a mi lado para que no la tuviera que arrastrar.
-¿Qué te sugiere?
-Que iban a por el arcipreste, ya que si te hubiera disparado su guardia personal, ahora estarías bajo interrogatorio en el piso 75.
-Exacto.
-¡Han secuestrado al arcipreste!!- gritó un hombre que bajaba a toda prisa por las escaleras. Las puertas se iban abriendo a su paso y por ellas se asomaban estupefactos religiosos, turistas de paisano y perros-lazo que trataban de morder los tobillos del que corría. Inmediatamente se armó un gran revuelo que yo aproveché para telefonear, no sin haberle sugerido a mi maleta que fuera hacia el camarote sin detenerse. Me instalé en una de las numerosas terminales y marqué el número de Patsy Fernández, la cuñada del jefe de bomberos de Villa-Grilla, un primor de chica a la que nadie aventajaba en permanencia bajo el agua.
En el momento que la sensual voz de Patsy respondía al teléfono, oí gritar:
-¡Por ahí va una maleta! ¡Que no escape! ¡Cójanla!
-¿Dígame?
-Patsy, soy Pedro.
-¡Pedro! ¡Mi melocotón Ronchis!
-Estoy en Garbanciutad. Estaré unos días.
-¿Dónde te alojas?
-En la catedral.
-¡Caramba!, ya eres todo un jalifa.
-Sí, gané el título en un concurso del periódico.
-Te felicito.
-¿Podemos merendar juntos?
-¿Dónde?
-En el hipódromo.
-Estaré encantada. Tienes que ver mi nueva prótesis masculina.
-¿También existe esa moda en Garbanciutad?
-Por supuesto. Tengo muchos chismes que contarte.
-¿A las cinco en la zona de las cabinas de apuestas?
-De acuerdo.
Colgué.

-Puede identificarse?- A mi espalda, tres cuadrilleros de la Policía Teocrática me miraban con desconfianza.
-Lo siento, mi documentación está en mi maleta, la envíe al camarote hace unos minutos.
-¿Es ésta su maleta, por casualidad?- el alférez que había hablado señalaba, efectivamente, a mi maleta. Cuatro perros-lazo la rodeaban, gruñendo. La atribulada maleta me miraba con desconsuelo. Yo conocía su pánico irracional a los perros-lazo.
-Es mi maleta. La reconocería siempre.
-Llévela a todas partes con usted o enciérrela, no se permite la circulación libre de maletas ni aparatos de riego.
Me dejaron en paz. De haber mostrado mi carnet de Detective Privado Profesional Preferente, habría podido asistir a uno de los saludos oficiales más complicados y largos de todo el planeta: El Saludo Pat-tónico Espasmódico De Garbanciutad Para Detectives Privados Profesionales Preferentes En Misión Secreta. Una autentica maravilla coreógrafica. Pero tenía que encontrarme con Patsy Fernández en el hipódromo y no cabían retrasos.
Salí de la catedral y alquilé un somormujo de cinco ruedas. La circulación de vehículos en Garbanciutad es una de las más congestionadas del hipermundo. El hipódromo, por otra parte, se encontraba a quince minutos de la ciudad, en el suburbio de Los Estorninos. Guié el somormujo entre centenares de ellos que violaban sistemáticamente todas las ordenanzas locales en materia de tráfico. En dos ocasiones me perdí por completo, hasta que decidí seguir a un descapotable Landa rojo de tres ruedas, conducido temerariamente por una mujer rubia. En pocos minutos estábamos en la llamada "puerta de Gorgago", la principal salida de la ciudad y tomamos la Pista Submundial IV. La rubia del Landa se puso a mi altura, rodando a ciento setenta y cinco kilómetros por hora. Me miró; como no podía oirme, vocalicé despacio la palabra gracias, sonriéndole al mismo tiempo. Pareció no comprender y repetí la misma palabra en tibetano: “Tujaychay”. La chica cada vez estaba más perpleja, aunque siguió conduciendo endiabladamente al lado de mi somormujo."Asante", dije en swahili. La chica agitó una mano y tomó el desvío del hipódromo a toda velocidad. La seguí. "Tenkyu", pensé en pidgin melanesio.

El hipódromo de Garbanciutad conocido también como "Universal Paraguas" era propiedad del Banco Común Peng-Gorgagiano desde su venta por el Consorcio de Barberías Garbanciutadanas. Podían celebrarse en él hasta setenta carreras simultáneas y contaba con una de las tribunas más lujosas del mundo, construída toda en cornalina, con capacidad para mil personas. La chica del Landa aparcó en una plaza reservada y me buscó con la mirada. Yo estaba tratando de colocar mi aparatoso somormujo entre otros vehículos que llenaban el aparcamiento. Vi que me localizaba y venía a mi encuentro. Fingí buscar algo en la guantera hasta que estuvo junto al somormujo. Entonces dijo:
- ¿Es cómodo tu cinco ruedas?
- Asientos reclinables.
Abrió la puerta y se arrellanó en el sillín.
- Puedo opacar los cristales.
- Sí, hazlo.
Oprimí el conmutador de opacamiento y me aflojé el nudo de la corbata.
- ¿Te apetece escuchar algo de música?, tengo la última sonata de Bram Potocki, y algo de rebobinante en ese compartimento de ahí- dije.
- Perfecto.
Pasando los brazos por encima de sus largas piernas, alcancé el mueble bar y cogí dos copas y la rebo-botella, desplegué la mesita auxiliar del asiento delantero y serví dos tragos.
- No hay hielo- dije, en tono de disculpa.
La rubia abrió su bolso, hurgó en el interior sin dejar de sonreírme y extrajo finalmente un ejemplar joven de pato-lanzilla que tenía todo el aspecto de estar de muy mal humor.
- A la catedral- dijo.
- Tengo una cita en el hipódromo- repuse.
Me temo que vas a faltar a tu cita. El arcipreste Gordon quiere saber porqué desactivaste su magneto-campana de protección hace unas horas.
- ¿Que yo hice qué? Escucha, alguién me disparó un dardo o algo así. No hice nada más que caerme al suelo con toda la celeridad posible. ¿No me crees?
- Introdujiste un pie en su red de magneto-campana justamente en el único lugar vulnerable: el cierre electroestático. Su escolta te vió y te neutralizó.
- Porqué no me llevaron con ellos?
- En ese momento hubo un ataque en los pisos uno y dos. La fracción armada del sindicato de camareros.
- No te creo. Al despertar supe que el arcipreste había sido secuestrado.
- Entonces te morderá mi pato.
- Está bien, vamos- puse en marcha el somormujo, maniobré y cuando estaba frente a la hilera de vehículos vacíos, aceleré al máximo y salté, abriendo la portezuela. Vi que la chica y el pato, a su vez, saltaban por el otro lado. El somormujo se estrelló contra los otros vehículos, estallando y provocando un incendio en cadena. Yo salí rodando e, incorporándome, caminé hacia la entrada del hipódromo. Los bomberos llegaban veloces desde el otro extremo del perímetro deportivo.

En la zona de apuestas, Patsy Fernández (como me explicó más tarde) había consumido dos helados y apostado sucesivamente por sendos caballos perdedores, hasta que me vio llegar. Vino a mí, me abrazó y tomamos una mesa en la terraza del Cuervo Pasivo, el lugar de moda en el hipódromo.
- Te invito a la merienda que prefieras: Bollos con perdices, sardinas con limón y nata, sorbete de insectos y frutas del bosque, sandwiches de huevo, jamón, cerezas o pasta. Batidos de almendras con vino, de lagarto con aligustre, de aleta de albatros con langostino, de legumbres y aliagas, de gallina y merengue... Tú eliges, yo vigilo. ¿De acuerdo?
- Estás muy nervioso, mi amor. Hace mucho tiempo que no nos vemos. Cuéntame algo de tu vida. ¿Porqué estás inquieto? ¿Alguien te sigue? Siempre estás así cuando alguien te sigue...
- ¿Ves esa columna de humo?- señalé al cielo, tras las tribunas.
- Sí. Es el tradicional incinerador colectivo del certamen, donde los jugadores queman, despechados, sus apuestas perdidas, sus boletos sin valor que les devuelven a donde estaban y a veces a un sitio peor...
- Es el humo de la explosión de mi somormujo, sucedida cuando intentaba escapar de una agente que iba a utilizar su pato-lanzilla sobre mi, hace escasamente cinco minutos. ¿Comprendes?
- Comprendo. Pidamos dos “ultra-rebos”. Comeremos más tarde. Y ahora, cuéntame.

Relaté extensamente los acontecimientos del día para que Patsy pudiera hacerse una idea aproximada de mi situación.
- Por lo que me explicas, alguien trata deseperadamente de hacerse con el “soncho grutal”, ¿no te parece?- reflexionó mi amiga. Incluso pudiera tratarse de una estratagema para dominar a un tercio de la población parlamentaria del gobierno supra-mundial.
- Éso significaría dominar los destinos de treinta chiquillómetros de personas...
- Así es.
- Bien, ahora tomemos un reservado en el ala sur, quiero mostrarte mi nueva prótesis.
- ¡Hummmm!

A mi regreso, noté cambios substanciales en el vestíbulo de la catedral. Una barricada eléctrica de la Policía Teocrática protegía la conserjería, el mostrador de información y a todos sus empleados.
Un oficial se dirigió a mí:
- Existe una reclamación sobre usted interpuesta por una maleta azul que dice pertenecerle. Fue abandonada en el aparcamiento de la catedral hace unas horas. La maleta fue asaltada inmediatamente por unos individuos y le acusa de abandono a la indefensión e imposición de responsabilidades superiores a su rango. Se le va a caer el pelo como no disponga de un buen abogado. Siempre que sea usted Pedro Patatillas, naturalmente.
- Lo lamento. Desconozco a ese caballero. Mi nombre es Exjwenz Hliogwenz. Aquí tiene mi identificación- le mostré un carnet falso a nombre de Exjwenz Hliogwenz, ingeniero floricultor Ronchis, de treinta y dos años, en viaje de negocios a Garbanciutad para comprar
una tonelada de goma de neumático para la construcción de una inmensa cama elástica para elefantes en el zoo-park del drugstore de Alfa Cinco.
- Es curioso, corresponde totalmente a la descripción...- el oficial se quedó pensativo, devolviéndome la tarjeta. Con toda la calma posible,
me dirigí al vestíbulo de ascensores.
- ¡Un telegrama para usted!- gritó el conserje.
En efecto, un telegrama a nombre de Exjwenz Hliogwenz había llegado a primeras horas de la tarde. Era del capitandante Lucas Tomate y decía así: "Rowustopt sgansk afdreh - feleow güank ank - Dibordondos - Numa".
- ¡Cielos!- exclamé.
-
Malas noticias, señor?- preguntó el conserje con voz pegajosa -en tal caso, quizá pueda recomendarle una breve estancia en la cafetería del hotel, tengo entendido que preparan algunos combinados verdaderamente efectivos...
- Gracias- casi automáticamente, seguí el consejo del empleado. Necesitaba unos cuantos tragos. Si la progresión continuaba, en los próximos días no iba a tener tiempo ni para detenerme a tomar una copa. Aunque la langosta asada perfumaba el local de manera irresistible...
- Una de langosta.
- ¿De tierra o de mar?
- De mar. Y vino blanco.
Tomé una mesa y pasé unos minutos tratando de hipnotizar al esmirriado florero que había sobre ella. Cuando creí haberlo conseguido, llegó la langosta. Tras los dos primeros vasos de aquel blanco exquisito que tan bien se cría en Garbanciutad, no me costó demasiado sumirla también en trance hipnótico. En el primer suculento bocado, llegó aquella joven enigmática; el segundo bocado lo mismo podía saber a cemento, puesto que llegaron dos tipos más que también se sentaron a la mesa y dejaron ver las culatas de sus electro-lancillas, mientras uno me decía:
- Siga comiendo con naturalidad.
- He leído todas sus aventuras-, dijo la chica. Envolvía su cuerpo con una larga pieza negra, casi hasta los pies. Amplio sombrero negro que le cubría los ojos y una buena parte del rostro. Guantes de seda negros.
- Debe estar equivocada, señorita...
- Señora. Señora Li-Poo, de los Li-Poo de Garbanciutad.
- Señora Li-Poo, mis aventuras nunca han sido publicadas.
- Oh, por supuesto. Pero el eminente profesor Aldous Baker, de Ronchis-Archivos (territorios conocidos), lleva desde hace años redactando en una prosa muy atractiva todas sus andanzas, seguidas con infinito detalle por mis agentes y remitidas al profesor con escrupulosa periodicidad semanal para que las novelice. En fin, mi presencia aquí es para proponerle que piense en la posibilidad de que estos relatos se publiquen y establezcamos un acuerdo beneficioso para ambos, que permita su comercialización y difusión. Es decir, que usted se convierta en un personaje muy submundial, a través de sus relatos, los relatos de sus aventuras. ¿Comprende? ¿Qué le parece?
- ¿Me han estado espiando?
- Tenemos muy buenos agentes, señor Patatillas. En especial X-32, la maleta azul.
- ¡La maleta azul! Debo reconocer que me engañó muy bien con su papel de inmadura. Felicítenla de mi parte.
- Es que, verá, X-32 sentía algo muy especial hacia usted. Tantos años a su servicio...
- Extraordinario.
- Mi ayudante le extenderá un cheque de cincuenta mil burbujas de Garbanciutad como anticipo sobre su contrato. He pensado en ofrecerle una cantidad inicial de setecientas mil burbujas, otra, anual, de cien mil burbujas y el treinta por ciento de las ventas. El contrato se revisaría cada cinco años.
- Estoy de acuerdo. Tan sólo quisiera hacer notar que X-32, como cronista principal de mis viajes, debería percibir un porcentaje de los derechos.
- Está contemplado: un 5% anual.
- Estupendo. ¿Dónde hay que firmar?
Se fueron antes de que yo terminara con la langosta. Pagué la cuenta y subí a mi camarote. Me sentía diferente. Era un hombre rico, todo podía ser distinto si conseguía cumplir mi misión, me marcharía al sistema Nódulus y compraría una hermosa casa en los acantilados de Sindudar, con un pequeño sendero hasta la playa y un somormujo acuático pintado de rojo y blanco... aunque, por ahora, sólo podía volver a mi camarote y tratar de descifrar el telegrama del capitandante Lucas Tomate. "Rowustopt sgansk afdreh...", extraordinario; "feleow güank..." ¡Sorprendente!
Me preparé un baño caliente, con muchas sales, pero antes dejé la terminal trabajando en el mensaje. A mi regreso del baño, preparé un té y me senté frente a la computadora. Encendí un cigarrillo y escruté la pantalla. Ésta mostraba lo siguiente:

«G.O.S.O. (ap.)
Servicio de traducción

fuente: seemundés primitivo

“ROWUSTOPT SGANSK AFDREH”: DEBE HALLAR AL ARCIPRESTE
“FELEOW GÜANK ANK”: ALGUIEN TRATA DE DOMINAR LOS INTESTINOS DE TREINTA CHIQUILLÓMETROS DE PERSONAS
“DIBORDONDOS”: NO COMETA IMPRUDENCIAS (TAMBIÉN: CURVA PELIGROSA)
“NUMA”: EL JEFE
¿ALGUNA OTRA CONSULTA?»

Tecleé:

“¿ESTA CONSULTA ESTÁ SIENDO REGISTRADA POR LA POLICÍA TEOCRÁTICA?»

La pantalla cambió:

“AFIRMATIVO”

Pensé que toda las sospechas recaían en el Alto Tribuno de la Catedral, Saúl Mandarino y su temible Policía Teocrática, su enemistad con el Arcipreste Gordon, la inminencia de la nueva edición de la Copa Lunch de floton, el odio mal disimulado que la P.T. sentía hacia la llamada Guardia del Hipódromo, ejército personal del Arcipreste... Eran tantos los motivos, que mis dudas ya se habían marchado por otro camino cuando llamaron a la puerta. Abrí unos centímetros y allí estaba mi maleta azul.
- Pasa, X-32- dije, procurando parecer cordial.
- Veo que ya trabajamos para la misma empresa- respondió mientras rodaba al interior del camarote -ahora es usted una prioridad para la editorial Diversión. No queremos que le ocurra nada malo, sus aventuras se interrumpirían y nuestros beneficios disminuirían hasta cero- continuó, deteniéndose en el centro de la estancia y mirándome con cierto aire de importancia.
- De manera que sigues encargada de seguir a mi lado.
- La señora Li-Poo, de los Li-Poo de Garbanciutad, me pidió expresamente que continuara con la misión, introduciendo... introduciendo algunas pequeñas variaciones. Además, me informó de que se mostró usted muy  generoso hacia mí durante la firma del contrato, por lo cual le expreso mi agradecimiento.
- Vale, ahora ya puedes volver a hablarme de tú.
- Creo saber dónde tienen al Arcipreste Gordon, pero debo advertirte que hay micrófonos en todos los camarotes, cámaras en los claustros en todos los niveles, ascensoristas-espía, perros lazo en el acceso a cada piso, zonas minadas del 70 al 75 y a partir de éste, el cuartel general más inexpugnable de toda la retícula: El Centro de Cálculo de la Policía Teocrática.

Tras una noche agitada (las sirenas de la Catedral sonaron varias veces), llena de extraños sueños (el Arcipreste Gordon no era el Arcipreste Gordon, sino Ramón Chalote), salté de la cama y conseguí dormir una hora más en la bañera llena de agua caliente. A continuación, efectué algunas llamadas. Concretamente, consultas a la biblioteca del hipódromo, al centro de datos de Garbanciutad sobre la producción de goma de neumático y a Lorna, que no estaba en casa. Bajé a desayunar y encontré la entrada a la cafetería fuertemente protegida por una escuadrilla de pequeñas gaviotas-lanzilla equipadas con casco de maniobras. "Debe estar desayunando el Alto Tribuno", me dije. Y entré.

No sólo el Alto Tribuno untaba mermelada en sus tostadas, junto a su guardia personal; también ocupaban una mesa la señora Li-Poo y sus simpáticos lanzo-pistoleros y más al fondo pude distinguir a Patsy Fernández que, junto a otra persona y a juzgar por lo que bebían en su mesa, parecía continuar todavía con una divertida noche. Esa persona era Max.
X-32, que estaba a mi lado, dijo:
- Planeemos el rescate del Arcipreste para la hora de la comida.
- De acuerdo -le respondí-, ahora vayamos a sentarnos con nuestros amigos.
-...imagínatelo, un auténtico carcamal, subido allí, en aquella multi-grúa y gritando a todo el mundo que el rebobinante era de mala calidad... -explicaba con vehemencia Patsy cuando llegamos hasta su mesa.
Me senté junto a Max y entonces me vió, ya que estaba de espaldas a la puerta.
- ¡Pedro, viejo amigo!
- Hola, Max.
- Esta chica es un encanto. Me ha enseñado los lugares más divertidos de Garbanciutad y me ha presentado a muchísima gente interesante. Ah... y me ha hablado mucho de tí.
Engullí algunas tostadas antes de responder:
- Patsy es un cielo y Garbanciutad es el centro artístico-cultural del mundo, sin duda. Max, tenemos trabajo.
- Lo sé.
- Como mínimo, debemos llegar al piso 75 de la Catedral, lo cual significa al menos dos días de ascensión llenos de peligros. Lo ideal sería contar con ayuda exterior, pero me temo que no va ser posible.
- Quizá te interese saber que el Gran Malís se encuentra en la ciudad- me indicó Max.
- Hmmm... Está bien: Tú te ocuparás de localizarle a lo largo de esta mañana. Es necesario mantener una entrevista con él antes de subir.
- ¿Has pensado en algo?
- Subiremos Patsy, tú y yo. He traído en mi maleta un equipo Ronchis bastante completo.
- ¡Estupendo! -exclamó Patsy.
- Entonces, manos a la obra -apremié-. Max, busca al Gran Malís. Quiero salir de ésta, porque voy a ser protagonista de mis aventuras y tengo que correrlas primero para disfrutarlo.
Dos horas más tarde, una llamada de Max a mi camarote me hizo abandonar inmediatamente la Catedral. El Gran Malís aceptaba verme, pero las normas de seguridad que había exigido para nuestro encuentro demostraban claramente que su circunspección seguía siendo ejemplar.
Patsy me aguardaba en la parada de taxis. Se había puesto un impermeable de hule amarillo que olía a lancha neumática y fumaba nerviosamente un habano.
- Vamos -dijo- y abrió la portezuela del primer taxi.
Nos desplazamos durante unos veinte minutos, aparentemente sin dirección alguna. Rodeos y zig-zags nos llevaron a pasar varias veces por el lugar de donde habíamos partido. Patsy fumaba su habano y el taxista tosía. Ambos se miraban de vez en cuando, pero en el vehículo reinaban el silencio y el olor fuerte del cigarro. De improvisto, el taxi frenó en seco y Patsy, girándose, dijo:
- ¡Ahora!
Salimos ante la mismísima Puerta Esmeralda de la Catedral, la más
transitada.
- ¡Qué osadía! -exclamé.
Un somormujo verde nos aguardaba. Max y yo subimos al asiento trasero. Una joven oriental se encontraba al volante. Su copiloto era un tipo corpulento, con un traje desgastado, que llevaba un viejo sombrero gris calado hasta las cejas. Cerró nuestra portezuela y se arrellanó junto a la conductora. Ésta tenía largas y afiladas uñas pintadas de negro y sólo vimos su rostro cuando se giró desganadamente para decir buenos días. Arrancamos muy deprisa y atravesamos el Gran Garbanciutad a velocidad punta, a unos cinco metros del suelo. Una vez franqueada la Puerta Este de la ciudad, comenzó un laberíntico recorrido por calles desconocidas, en las que abundaban las zapaterías y las típicas factorías familiares de botes neumáticos. Había hombres comiendo de pie alrededor de quioscos de los que emanaban fuertes olores de fritura. Seguían nuestro paso con la vista y gesticulaban. Las calles se convirtieron en callejuelas, donde la velada luz de aquel mediodía lluvioso agonizaba en los tejados pintados de llamativos colores que casi se tocaban, dejándolo todo en una penumbra sin tiempo. El somormujo disminuyó su velocidad, posándose a la entrada de una angosta bifurcación.
Seguimos a pie, tomando la callejuela de la derecha. A partir de allí, fuimos tomando siempre nuevos desvíos a la derecha. La chica iba delante y el tipo corpulento, detrás.
Max me dijo:
- Está claro que hay más gente vigilándonos. Mira ahí delante. En efecto. Dos guepardos aparentaban fumar una pipa sobre una deslustrada alfombra. Bajo el punto de vista de Max, muchos detalles se revelaron a lo largo de nuestro recorrido: la mujer que se apresuraba
en correr las cortinas desde una buhardilla, un borracho agarrado a un pilar del porche de un café con los cristales entelados, un perro amarillento que se cruzó en nuestro camino, el viejo y el niño que fingían intercambiar manoseadas revistas pornográficas...
Las casas, silenciosas y pintadas con colores pastel, se sucedían, unidas unas a otras, serpenteando sin fin, flanqueando callejones y pasadizos de adoquines gastados. Olía a pan recién hecho y a anís. Nuestro trayecto duró algo más de media hora. Al llegar a un pasaje cerrado por una gran puerta de metal forjado, la muchacha se detuvo y todos hicimos lo mismo. Buscó en su bolso hasta que encontró un mando infrarrojo. Apuntó hacia una desagradable escultura de hierro bruñido que sobresalía por el muro del pasaje, representando a un sátiro pensativo que sonreía bajo el bigote. Los ojos de la estatua lanzaron un destello rojo y la puerta se abrió. Una arboleda se extendía ante nosotros. Sauces, almendros y castaños rodeados por setos recortados que formaban esferas y pirámides, constituyendo un frondoso jardín con caminos de tierra y presidido por dos grandes cedros. El jardín tenía forma pentagonal y la brisa creaba un murmullo constante de hojas.
Nuestros pasos resonaron, pues todo lo rodeaba un muro de piedra. Había esculturas como la de la entrada: sobre pedestales por los que trepaba la hiedra, podían verse distintas alegorías metálicas de la satisfacción, el sueño, la sinceridad o el deseo, según el modelo sincrético de la Larga Iglesia pseudo-Noboreño-Kendariana-Alfacincana, de la que era Principal y Cobrador-Director el Gran Malís.
Recorriendo los senderos, llegamos a la explanada central. Entre los troncos de ambos cedros vimos una construcción sorprendente: poseía las características de un poliedro muy complejo aunque en ocasiones no parecía sino una extravagante creación arácnida, o un capullo para una crisálida gigante. Además, mirándola de soslayo, aparentaba un quiosco
de periódicos algo anticuado. Max, sin embargo, estaba convencido de que se trataba de una canoa primitiva, agujereada con habilidad. Lo cierto es que de su interior emanaba cierta luz y de ello no se puede dudar. Nuestro grupo se aproximó y me asomé al interior. Vi un profundo vacío azotado por el viento, peatones y somormujos se desplazaban allá abajo, muy pequeños, y aún podía ver el paso de los lazones de pasajeros, más cercanos pero también muy abajo. Sentí vértigo y me aparté. La joven que nos había conducido se despidió de nosotros con el gracioso saludo nepolés y se alejó por el jardín dejando tras de sí aquel perfume almizclado que tanto había mareado a Max durante el trayecto. El otro tipo, mirándonos fijamente, se convirtió en un indicador luminoso. "Hay monedas" decía parpadeante, para luego añadir "Prepárense para estar en presencia del Cobrador-Director de la Larga Iglesia pseudo-Noboreño-Kendariana-Alfacincana". Max se quitó el sombrero y se colocó un pañuelo blanco sobre la cabeza. Yo hice lo mismo. El interior del extraño habitáculo se iluminó potentemente hasta hacernos parpadear. El capullo se abrió, formando un dosel que cubría el Trono del Principal, el lugar donde yo había oído que el Gran Malís pasaba gran parte de su tiempo entregado a su ocupación favorita: los crucigramas.
Era un altísimo sillón de madera adornado con motivos frutales esculpidos y pintados con realismo. Casi parecían poderse comer. Hubo un resplandor y un chasquido. Cuando volvimos a mirar, el Trono, convertido en una cómoda silla funcional de los años cincuenta forrada en skai granate, alojaba a un viejecito encantador, vestido con una sencilla túnica de lino y tocado con la famosa Cabecera Familiar. Era el Gran Malís que, dirigiéndose a nosotros, dijo:
- Al revés, equinoccio joven de tres letras.
Una antigua radio de lámparas emitía música ligera desde una mesita de formica de tres patas.
- Gran Principal de la Larga Iglesia. Somos agentes Ronchis. Creo que usted tuvo ocasión de conocer al capitandante Lucas Tomate -dijo Max.
-Ave zancuda que habita en la desembocadura de una cabalgadura, de siete letras -respondió el anciano.
Algo resplandeció y, cuando volvimos a mirar, el Gran Malís se sentaba de nuevo en el alto trono de madera. Nos miró, sorprendido, arrancó un grano de uva del reposabrazos y lo comió desgranadamente.
- Necesitamos su ayuda para rescatar al Arcipreste Gordon. Para hacerlo, debemos llegar al piso setenta y cinco de la Catedral y sólo tenemos un equipo Ronchis -continuó Max.
- Sabemos que le gustaría hacerle una mala pasada al Alto Tribuno -añadí yo.
- ¡Es cierto, hace tiempo que ha prohibido los cultos de la Larga Iglesia en la Catedral! -siguió Max.
Una explosión controlada sacudió la escena. Cuando el humo se disipó, el Gran Malís nos miraba desde el saloncito funcional, con un ligero temblequeo parkinsoniano.
- Palabra de cinco letras -dijo.
- No hay manera -le dije a Max- vámonos de aquí.
- Espera! -me contestó, cogiéndome por el codo. Sacó de su tabardo cinco billetes de mil burbujas y los depositó cuidadosamente sobre la mesilla de formica: -Cobrador-Director, nuestra contribución a la Larga Iglesia -dijo, retirándose hasta donde yo estaba.
Aguardamos esperanzados, pero un ligero temblor de tierra nos derribó al suelo. Cuando nos incorporamos, el Trono del Principal sostenía de nuevo al anciano, que había empezado a mordisquear una manzana del cabezal, mientras el palio se iba cerrando poco a poco sobre él. En pocos minutos, la inexplicable estructura entre los dos tilos volvía a mostrar el intenso tráfico de una ciudad sin identificar a quinientos metros en caída libre (lo cual comprobé asomándome como lo había hecho antes).
El indicador luminoso, que ahora tenía todo el aspecto de un tipo corpulento, con un traje desgastado, que llevaba un viejo sombrero gris calado hasta las cejas, me dió una palmada en la espalda y dijo:
- No os preocupéis, el viejo os ayudará...
En el callejón aguardaba la joven con las llaves del somormujo en la mano.
- Déjenlo frente a la catedral, yo tengo cosas que hacer y no puedo acompañarles -me lanzó las llaves.
- Gracias, lo cuidaremos muy bien, señorita... -respondí, atrapando el llavero al vuelo.
- Señora. Señora Ty Phoo, de los Ty Phoo de Garbanciutad.
Salté al vehículo, que Max ya había puesto en marcha. Mientras hacíamos marcha atrás, la vi apuntando desde dentro del jardín al sátiro de metal con su mando infrarrojo. La puerta se cerró.

El regreso a la Catedral resultó sobradamente accidentado. Colisionamos en dos ocasiones con sendos carromatos y recuerdo que Max exclamó, tras el segundo choque:
- ¡Parece el mismo! ¡Son idénticos!
Y yo le tranquilicé diciendo:
-Sí, pero recuerda que el otro quedó completamente destrozado...
Nos perdimos varias veces y, cuando dimos con la Avenida Radial Cero, nuestros estómagos pedían a gritos una comida sólida, así que Max detuvo el somormujo frente a uno de los restaurantes más famosos de Garbanciutad, el Cuartel de la Gallina. Un lugar donde preparan el más exquisito revuelto de yemas de espárrago gigante, impregnado de delicioso aroma de espliego y servido con pan tostado frotado con ajo.
Al entrar, noté que varios comensales acercaban su mano izquierda a las culatas de sus colt-lanzillas. Al ver que dejábamos nuestros sombreros y tabardos en el gran perchero central, se relajaron y volvieron su atención hacia las delicias de la mesa, que en el Cuartel de la Gallina no son pocas, aunque, desde luego, la gallina no es una de ellas. Muchos se preguntarán a qué se debe, pues, tan específico nombre...
El Cuartel de la Gallina está dirigido y administrado por una gallina, como su nombre indica. Es una gallina adulta, bastante irascible, que se conserva bien aunque se tiñe las plumas. Para ella trabajan tres noboreños y un alfacincano. Mientras unos cocinan, el otro se ocupa de las mesas. La gallina, cuyo nombre nadie ha sabido jamás, se deja ver escasas veces y cuando lo hace, es exclusivamente para supervisar el consomé de pera, una de las especialidades de la casa.

Para Max, poder estar de viaje resultaba estimulante, pues su trabajo rutinario en Ronchis-Central le aburría y deprimía como no había visto yo deprimirse a nadie. Había llegado a absorber todo el paisaje a través de su ventana para no lanzarse por ella. Esta prudencia le caracterizaba y había hecho de él un Detective Privado Profesional Preferente muy apreciado. Al capitandante Lucas Tomate le encantaba, sobre todo, la manera que tenía Max de preparar la tortilla de cartón. Era un truco, pero un truco excelente: Max cortaba meticulosamente en trocitos un billete de cartulina de cualquier supermercado. Bañaba los pedazos en coñac un par de horas. Después, bailaba en torno a la mesa una extraña danza, aprendida vete a saber en qué lugar del mundo y preparaba la tortilla por el procedimiento tradicional de batir los huevos, calentar una sarten con unas gotas de aceite, etc.
Lo extraordinario del caso es que, cuando probábamos el resultado, sabía prácticamente de una manera absoluta a tortilla de alubias. Max nunca me explicó el secreto, pero yo siempre creí que el capitandante lo sabía, pues jamás quiso probar la tortilla...

Empleamos una hora en reponer fuerzas. Después, volamos con el somormujo a la Catedral... El vestíbulo estaba abarrotado de turistas alfacincanos-estrella. Intercambiaban frenéticamente cigarros de pelo de camello por botellas de licor con los camareros y ascensoristas; al parecer, estaba a punto de llegar su demagogo de ruta y se afanaban por cerrar las bolsas de viaje. Algunas botellas se rompieron, produciendo interminables ecos en aquel inmenso atrio donde resonaban sin cesar consignas megafónicas en las más diversas lenguas y descargaban y recogían pasajeros sin cesar los helicópteros de innumerables líneas aéreas. Avanzamos sorteando corrillos de trapisondistas y varios intentos de atraco, hasta situarnos en el mostrador de la conserjería. Mientras pedíamos las llaves de nuestros camarotes, el sonido ambiental evolucionó sensiblemente: Una banda de cien saxofonistas ejecutaba en stacatto el himno de la ciudad. El presidente de Garbanciutad acababa de hacer su entrada en el propileo, de pie, como era habitual, en el somormujo dorado que una vez le ofreciera el Gran Papa de las Conserjerías de Gbet, con motivo de la cancelación de su viaje a Villa Grilla Los Lagos. Junto al presidente iba su hija, también de pie. Era una muchacha de poca estatura, vestida tan sólo con un extraño mantelete bordado y un sombrero ceremonial muy especial, cargado de significados para los habitantes de Garbanciutad: la Mitra de los Miércoles. El vehículo oficial, precedido por los cien saxofonistas, se dirigió a la conserjería. Los saxofonistas callaron, el somormujo se detuvo y descendieron sus ocupantes. Vi entonces que el presidente era mucho más bajo que su hija, sólo que viajaba subido en una tarima protocolaria oficial, mientras que ella debía hacerlo en el suelo del vehículo. Noté que ambos iban descalzos. El presidente lucía la banda protocolaria anual y estornudaba con frecuencia. Se acercaron al mostrador y dirigiéndose al Conserje Mayor, la joven dijo autoritariamente:
- Queremos hablar inmediatamente con Saúl Mandarino.
- ¡Atchís! -añadió el presidente.
- El Alto Tribuno preside en estos momentos el Homenaje a los Husos Horarios de Hoy -respondió el Conserje Mayor, algo molesto.
- No tenemos nada en contra de los rusos honorarios, pero exigimos ver al Tribuno -replicó el presidente, con energía, añadiendo a continuación:
- ¡Atchís!
- Veré lo que puedo hacer -accedió el conserje, finalmente resignado.
- Vámonos -le dije a Max, que trataba de convencer a uno de los saxofonistas sobre la existencia de un rasgo básico en la personalidad de todos los saxofonistas.
- ...todos tocan el saxo, por ejemplo -estaba diciendo.
- Ya -iba intercalando el saxofonista.

Patsy y la maleta nos esperaban en mi camarote.
-He pedido treinta raciones de desayuno en bolsas de papel -dijo la maleta.
- Dudo que las traigan, el servicio de camarotes es completamente corrupto -indicó Max en el habitual tono pesimista que adoptaba antes de partir de misión. Yo conocía bien esa costumbre de Max y solía potenciarla, planteándole los aspectos más dudosos de cada situación:
- Dudo que el Tribuno esté presidiendo el H.H.H. de H. Hace cinco años que no se le ve por el Temporizador de Ceremonias.
-Puede estar aguardándonos en cualquiera de los próximos diez pisos. Esperará a que estemos agotados y nos echará encima un batallón de la Policía Teocrática. No lo dudéis -Max se sumió en una ensoñación pesimista y dejó de hablar. Llamaron a la puerta.
- De momento, ahí están las raciones que pidió X-32. Te equivocabas, Max -dijo Patsy, levantándose y yendo hacia la puerta.
 -¡Guau! -dijo.
Y la razón de que al abrir la puerta del camarote dijera éso consistía en Lorna, una pelirroja de metro noventa, cuyo ajustado vestido negro no conseguía retener los dos pechos más famosos de Garbanciutad. La naturaleza le había hecho varios regalos a Lorna, probablemente a causa del buen comportamiento de sus antepasados, pero el más subyugante también eran dos: Las dos pecas más famosas de Garbanciutad. Una prendía las miradas desde un lugar privilegiado, próximo pero nunca cercano, a su nariz o a su labio superior, o quizás a su mejilla... los expertos no acababan de ponerse de acuerdo. La otra no se veía cuando Lorna llevaba sus ajustados vestidos negros, aunque no la ocultaba nada más que su vestido a pesar de que se encontraba en un lugar que otras prendas acostumbran a ocultar.
Patsy pareció decidida a llegar hasta la segunda peca más famosa de Garbanciutad:
-Entra, preciosa. Estoy muy impresionada con el servicio de camarotes. ¿Puedo impresionarte de alguna manera?.
Lorna se plantó en mitad de la habitación en unos seis minutos, lo cual consideré un record y me señaló con un dedo terminado en una uña larga y pintada de negro:
-¡Dos días!
-Lorna, cariño, yo... -comencé a decir.
-¡Dos días en el dolmen, esperándote!
-Verás...
-Es probable que la comida esté completamente rancia.
-Ayer conecté el circuito de refrigeración auxiliar... -indicó su maleta negra X-33, que siempre viajaba con ella.
-Nadie te ha preguntado nada -sibiló Norma, mirando a la maleta de reojo.
Max intervino:
-Señorita. El señor Patatillas y los que aquí nos encontramos, debemos partir inmediatamente para una misión secreta muy peligrosa. Le ruego le disculpe, estamos bajo secreto profesional desde hace exactamente diez minutos...
Advirtiendo que el ambiente se relajaba, fui al mueble bar y preparé un rebobinante corto y fuerte, tal como le gustaban a Lorna.
-Bien, entonces lo mejor que puedo hacer es ofreceros toda la comida del pic-nic- se avino ella.
-Ello resultaría muy positivo para mis engranajes de servo-tracción. Cincuenta kilos de comida para pic-nic son muchos kilos para una maleta ya vieja -dijo la maleta X-33.
-¡Cállate! -le contestó Lorna.
-¿Has probado el nuevo aceite FPT energético-desengrasante? -preguntó la maleta X-32- Desde que lo utilizo, gano de treinta a cuarenta julepes cúbicos de energía al día.
Decidí preparar rebobinantes para todos.
-Yo llevaré el equipo Ronchis -me dijo Max- así podremos cargar en tu maleta todas las provisiones.
-De acuerdo -respondí. Y serví los rebobinantes, que fueron muy bien recibidos por todos los asistentes no-maleta.
-Lorna, yo me llamo Patsy.
- Hola, Patsy. Qué lástima que te vayas ahora.
-X-32 ha reformateado la terminal del camarote y ha establecido una línea exclusiva con su propio microordenador -dije a Lorna-, si te quedas aquí, puedes hacer de enlace con nuestra expedición, tendrás acceso a todo lo que circule por la Catedral. ¿Qué te parece?
-Me parece estupendo.
-Partamos, entonces -dijo Max-.
-Tienes que ver mi nueva prótesis, Lorna -dijo Patsy.
-No la pierdas, cariño -contestó Lorna, que se estaba quitando las medias, sentada al borde de la gran cama clase A de mi camarote -y me la enseñas al volver. ¡Ah!, ésta si que es una cama cómoda... ¡Dos días bajo un dolmen!, Pedro, me vas a matar...
-Hasta luego, Lorna -dije yo.
-Hasta luego -dijo Max.
-Hasta pronto -dijo Patsy.
-Deja tu frecuencia en 0.9.1.8. Anula prioridades B y no te desconectes de la terminal del camarote -le recomendó X-32 a X-33.
-¿Anular prioridades B? ¡Tengo que practicar mi curso de francés! -estaba diciendo Lorna cuando cerré la puerta.
Nos encontrábamos en el primer piso de la Catedral. La expedición había comenzado...





SEGUNDA PARTE.

Los perros-lazo merodeaban por doquier. Silenciosos y rápidos sobre la mullida moqueta que alfombraba los cinco primeros pisos, se transmitían unos a otros los datos sobre nuestros olores, dirección, velocidad y contenido de las bolsas de pic-nic que transportaba X-32. Decidimos llegar a pie hasta el segundo piso. La escalera, también enmoquetada en toda su amplitud, estaba jalonada por descansillos y cabinas de información pertenecientes a los diferentes cultos. Muchas personas transitaban por ella. Subían y bajaban, guiadas o perseguidas por perros-lazo, según sus necesidades.
El segundo piso no difería en nada del primero. Max estuvo tentado de seguir subiendo, pero debíamos saber lo que había en él. Podía sernos útil  a la vuelta. Así se lo hice saber a toda la expedición:
- Registrad todas las puertas y pasillos. X-32, pásame un sandwich.
Me senté en un descansillo. Una balaustrada de piedra rodeaba el hueco central; el vestíbulo, abajo, bullía de actividad. Hacia arriba, la catedral se perdía en las negruras. La opresión de todo aquel espacio vacío que llegaba hasta la torre central me mareó.
-¡Tras las puertas hay sal! -Patsy estaba de regreso.
-¡Sal!
-Sal de Nobor -dijo Max, que llegaba procedente del otro lado.
-¡Sal de Nobor! ¡Es extraordinario!
-Creo que la usan para las gaviotas-lanzilla, o al menos éso parece indiciar este certificado.
Me tendió un papel azulado, dividido en casillas, que estaban rellenadas a mano:
"PROSCO= Alena.
ZAGLUTIZÓN= Banga ± Kilo 00,897.
BELANGO= Swroptf.11119.
PRAFSTENIKO= Grabre/Argrabre 9.
PONGO= Fino."
-¡ésto es seemundés!
-¡Introduzcámoslo en X-32, rápido!.
Así lo hicimos. Al cabo de pocos segundos, X-32 desplegó su minipantalla, en la que pudimos leer:

«G.O.S.O. (ap.)
Servicio de traducción

fuente: seemundés primitivo

“PROSCO= Alena”. CONTENIDO= Sal.
“ZAGLUTIZÓN= Banga ± Kilo 00,897”.  CANTIDAD= Digamos (también:
¿A mí qué me cuentan?) ± 79.800 Kg.
“BELANGO= Swroptf.11119”.  PARTIDA= Contenedor 91.111  
“PRAFSTENIKO= Grabre/Argrabre 9”. OPERARIOS= Grabre y sus 9
hermanos.
“PONGO= Fino." INCIDENCIAS= Buen servicio de bar.
fin de la traducción.»


Muy bien -dije- vamos a intentar acampar en este piso. ¿Hay algún depósito de sal algo vacío?
-Hay varios en los que podemos hacernos un lugar -respondió Patsy.
-Vamos, pues.
Comimos los tres algunas provisiones e hicimos todo lo posible para que resultase confortable pasar la noche en una habitación llena de sal. Modelamos unos igloos bastante acogedores y nos dispusimos a descansar. Llamé a X-32, que andaba colocando sensores alrededor de la puerta.
-Dime, X-32, tú eres quien transmite los hechos de mis aventuras a la señora Li-Poo, ¿no es cierto?
-Exactamente.
-Y ella los dirige a Ronchis-Archivos (territorios conocidos), donde Aldous Baker los redacta en forma novelada, ¿no es así?
-Por demás, es cierto.
-¿Tienes acceso al resultado? ¿Puedes enseñarme, por ejemplo, lo que está escribiendo sobre esta aventura concreta?
Naturalmente. El profesor Baker tiene, según mis datos, una página completa que resume bastante bien todo lo acaecido en los últimos días...
-¡Una página! Estamos arreglados. Muéstramela, X-32.
La maleta desplegó su mini-pantalla. Sentado en la sal, leí la primera página de mis aventuras:

"Años después encontré a Max en una hondonada de blanda hierba. Enfilé la autopista sur en dirección a Garbanciutad, cuando en el primer piso vi aterrizar un helicóptero. Ciertamente, me extrañó bastante despertar en el mismo sitio en que había caído.
-¿Puede identificarse?- A mi espalda, tres cuadrilleros de la Policía Teocrática me miraban con desconfianza. Fingí buscar algo en la guantera hasta que estuvieron junto al somormujo. Entonces dije: Batidos de almendras con vino, de lagarto con aligustre, de aleta de albatros con langostino.
-Es curioso, corresponde totalmente a la descripción...
-Tenemos muy buenos agentes, señor Patatillas. En especial X-32, la maleta azul.
-¿Esta consulta está siendo registrada por la policía teocrática?.
También ocupaban una mesa la señora Li-Poo y sus simpáticos lanzo-pistoleros.
-Vamos -dijo- y abrió la portezuela del primer taxi.
Duró algo más de media hora. Al llegar a un pasaje cerrado por una gran puerta de metal forjado, la muchacha se detuvo y todos hicimos lo mismo. Convertido en una cómoda silla funcional de los años cincuenta forrada en skai granate, alojaba a un viejecito encantador.
-Gracias, lo cuidaremos muy bien, señorita... -respondí, atrapando el llavero al vuelo.Lo extraordinario del caso es que, cuando probábamos el resultado, sabía prácticamente de una manera absoluta a tortilla de alubias.
-Vámonos -le dije a Max, que trataba de convencer a uno de los saxofonistas sobre la existencia de un rasgo básico en la personalidad de todos los saxofonistas.
Max intervino: Los perros-lazo merodeaban por doquier."

-¡Max aparece demasiado! ¡Son mis aventuras, demasiado Max por aquí, Max por allá!
-El profesor Baker me comunica que si no estás de acuerdo, puede proponerte otras posibilidades para la primera página -me interrumpió la maleta.
-Adelante -dije. En la mini-pantalla, apareció un nuevo texto:

"El sonido de las motocicletas en la noche lunática es como el tableteo de las tabletas tableteantes...
El resultado de mis misiones es variable e incluso sigue variando una vez concluidos los casos: Sabía a quién debía buscar, porqué y para quién  (ésto no es Garbanciutad, sino un pequeño satélite del sistema Nódulus).
Recuerdo que mi último pensamiento fue: "Aquí hay algo bueno. Si no, no me hubieran disparado".
-Lo siento, mi documentación está en mi maleta, la envié al camarote hace unos minutos.
-Puedo opacar los cristales.
-Sí, hazlo.
¿Ves esa columna de humo?- señalé al cielo, tras las tribunas. Era del capitandante Lucas Tomate  y decía así: "Rowustopt sgansk afdreh - feleow güank ank - Dibordondos - Numa".
-He pensado en ofrecerle una cantidad inicial de setecientas mil burbujas. (Y el ejército personal del Arcipreste gritando a todo el mundo que la ginebra era de mala calidad...)
-¡Qué  osadía! -exclamé.
Había esculturas como la de la entrada: Nos miró, sorprendido, arrancó un grano de uva del reposabrazos y lo comió desganadamente frente a uno de los restaurantes más famosos de Garbanciutad, de innumerables líneas aéreas.
-De momento, ahí están las raciones que pidió X-32: De treinta a cuarenta julepes cúbicos de energía al día.
La opresión de todo aquel espacio vacío, que llegaba hasta la torre central, me mareó."

Así está mejor. Felicita de mi parte al profesor.
Busqué una posición cómoda y me dormí en mi cama de sal. X-32 recogió la minipantalla y siguió su vigilancia.

X-32 nos despertó emitiendo muy bajito por sus altavoces una versión de "Limbo's Tarantula" que a todos nos gustaba especialmente, excepto a Max, que la consideraba tremendamente inferior a cualquier otra. Era una grabación del Ejército Amenizado de Salvación para Travestidos Estuprados por Ancianas en la Cafetería de la Estación de Autobuses de Villa-Grilla  (E.A.S.T.E.A.C.E.A.V.) que había ocupado la cara B de su disco "Atención: advertencia importante" y que se encontraba entre los cien mil títulos que almacenaba X-32 en sus bancos de distracción. Inmediatamente, la maleta sirvió café y Max desembaló el equipo Ronchis.
-Mira -me dijo- en  el sensor del Ronchis han quedado impresionadas todas las rondas de vigilancia que se han efectuado durante la noche en este piso. Tres rondas, de dos hombres cada una y una inspección mecánica de lanzo-oledores autoalimentados.
-X-32, ¿hay alguien afuera?
-Aún no se advierte movimiento.
La sal irradiaba una fantasmal luminosidad en aquel silo sin ventanas. La maleta recogió sus sensores de alerta y apuramos los cafés. Patsy emergió de su saco de dormir, completamente despeinada:
-Me encanta despertar con "Limbo's Tarantula".
-Vámonos -dije en voz alta. Una pared de sal se derrumbó y estuvo apunto de sepultar a X-32, que se apartó con indiferencia. Max abrió la puerta.
La claridad del día había conseguido obtener cierto brillo mortecino de las oscuras losas con que estaba construida la catedral. En efecto, la galería del segundo piso estaba desierta. Un murmullo creciente llegaba desde la planta baja. Los mostradores de información y las tiendas de souvenirs levantaban sus persianas transparentes de duro cristal. Iniciamos la ascensión. A pesar de que entre piso y piso hay alrededor de mil escalones, todos llevábamos buen ritmo y establecí paradas cada tres descansillos (más o menos cada trescientos metros). Sólo X-32 lo pasaba realmente mal, pues no tenía más remedio que subir utilizando sus pato-sensores, mucho menos perfeccionados que sus clásicas ruedas dobles servo-giratorias. Por otra parte, el ruido que producía su pato-sensor delantero derecho pedía a gritos una revisión de engrase. Patsy se lo hizo notar:
-Oye, X-32, deberías engrasar con frecuencia tus pato-sensores...
-Tengo a X-33 en línea -interumpió la maleta-, creo que acaban de registrar nuestro camarote. Exacto. Y han interrogado a Lorna.
-¿Qué más?
-Nous avons...
-¿Nous avons?
-Nous avons enfermé...
-¿Nous avons enfermé?
-Nous avons enfermé dans ces six catégories les bruits fondamentaux les plus caracteristiques.
-X-32, ¿qué significa éso?
-Han activado las prioridades B. Hemos perdido contacto con el camarote.
-Por lo menos sabemos que Lorna está en su clase de francés. X-32, ¿cuánto tiempo necesitas para restablecer comunicación? ¿Puedes reparar a X-33 desde aquí?.
-Me llevará un par de días.
-Bien, continuemos.
El tercer piso de la catedral de Garbanciutad presentaba el mismo laberinto de corredores, puertas y muros silenciosos que el anterior. Más allá de la zona de ascensores (muy próxima a la escalera) se perdían en la penumbra los pasos de algún invisible caminante.
-Mi sugerencia es continuar subiendo. Aquí no se nos ha perdido nada -dijo Max.
-El arcipreste puede encontrarse en cualquier parte -advirtió Patsy.
-¿Buscan algo? -dijo un tipo corpulento de largos brazos, en cuyos extremos se balanceaban dos impresionantes manazas. Sus palabras se perdieron, en sucesivos ecos, por los pasillos vacíos.
-Somos turistas. buscamos una auto-plataforma para celebrar un pic-nic.
-Mi nombre es Garrapatón García y no me creo ni una palabra de lo que dicen. Pero acompáñenme, tengo algo para ustedes.
-¿Algo para nosotros?
-Noticias del arcipreste.
Seguimos al gigantón durante unos minutos. Max se colocó a su lado.
-¿Trabaja usted aquí?
-Vivo aquí.
Llegamos a una puerta marcada con el número 3.502, Garrapatón García la abrió con una tarjeta-todo y nos invitó a pasar. El lugar era asombroso. La estancia, sin ninguna división, no hacía menos de trescientos metros cuadrados. Uno de sus lados tenía amplios ventanales que la llenaban de luz. El techo era altísimo. Probablemente, llegaba hasta el cuarto piso. En los muros, pintadas al fresco, podían verse varias escenas tradicionales: una cacería de hélices, la secuencia principal del baile del sarmiento, recolectores de lopos, etc. Una gran cama ocupaba el centro geométrico de la habitación. Garrapatón García nos sonrió y acercó algunas sillas a una estufa en la que ardía leña de fresno.
-¿Queréis beber algo?
-¿Tienes rapote? -preguntó Patsy.
-Lo siento, no tengo. Pero hago un aguardiente buenísimo. Debéis probarlo.
-Está bien -dije yo-, pero quiero saber cuales son esas noticias del arcipreste.
-Ya hablaremos de éso. Podéis quedaros a comer. Esta tarde os pasaré al cuarto piso, por allí -señaló a la penumbra del techo.
Max se levantó y deambuló alrededor de la estufa, mirando a las alturas.
-¿Cómo podremos subir hasta allí?
-Tengo un puente grúa en aquel lado.
Todos miramos hacia donde Garrapatón García se había vuelto.
-Oh, ahora no se ve. Está empotrado en el muro. Oculto.
-¿Qué es aquel montón de cajas amarillas? -preguntó Patsy.
-Núcleos. Núcleos activos de los lanzo-oledores.
-¿Destripas lanzo-oledores autoalimentados?
-Me los como. Los cocino muy bien. Es decir, la parte orgánica. Utilizo los elementos mecánicos para construir mis herramientas y guardo los núcleos activos.
-Es como si tuvieras aquí un gran cerebro y una gran reserva de energía pero fragmentados en varios centenares de módulos -le dije.
-Exacto. El problema es que no sé cuáles serían las ventajas de un super-cerebro de perro-lanzilla. En cuanto a la energía, es fácil de sumar, pero la verdad, no tengo tampoco interés en volar la catedral o despegar con ella. Uso los núcleos de tres en tres. A veces más, como para mover el puente grúa, que preciso diez. En cualquier caso, los lanzo-oledores me interesan sobre todo gastronómicamente. Esos pájaros polvorientos que viven en el claustro son detestables desde el punto de vista de su sabor. Sus núcleos también son más pequeños.
-Las gaviotas.
-Las gaviotas.
Max había vuelto a su silla junto a la estufa.
-Con mi equipo Ronchis y tu montaña de cajas amarillas podemos tener un super-equipo Ronchis. Ni más ni menos.
Garrapatón García le miró de soslayo.
-Convirtiendo el Ronchis en estación de enlace reconstruiríamos aquí el cuartel general que Lorna y X-33 formaban en el camarote. Me propongo como candidata al super-cerebro lanza -intervino la maleta X-32.
-¿Otras ventajas? -inquirí.
-Menor peso para la expedición teniendo en mí todas las ventajas del Ronchis al mismo tiempo.
-Grave inconveniente -interrumpí-: Pérdida de un elemento activo (Max con el Ronchis) e imposibilidad de que pudiérais doblar vuestro trabajo. Definitivamente, seré yo quien me conectaré a los núcleos.
-¡Nadie se conectará a mis núcleos! Por el momento...
Garrapatón se levantó, malhumorado. Sus brazos colgaban junto a su cuerpo. Miraba sus zapatos, rojo el izquierdo, verde el derecho, amarillo el del centro.
-Si esa pared se abriese ahora y aparecieran unos cuantos tentáculos terminados en pinzas articuladas que intentasen atrapar el lanzo-oledor que estás cocinando ¿Qué harías?
-Siempre que sucede éso, me retiro a un extremo de la habitación lo bastante alejado.
-Ah.
-Pero vamos a comer, ¡caramba!, sois unos pesimistas.
Nos sentamos en torno a una mesa que Garrapatón extrajo del suelo. Él mismo sirvió los platos.
-Hmmm... delicioso -dijo Patsy.
Una pared se abrió y alrededor de un centenar de tentáculos se abatieron sobre el asado. Todos nos retiramos prudentemente a un extremo alejado.
-Son los tenta-comedores. Sólo se manifiestan durante el primer plato.
-Ah.
-Afortunadamente, tengo una compota de turénganos y algo de queso. Voy a por ella.
Nos quedamos sólos unos instantes. De pronto, el suelo se levantó violentamente y los ladrillos gastados saltaron como esquirlas, golpeando por todas partes. El techo se venía abajo, acercando sus tonos púrpuras a nuestras miradas desorbitradas. Max conectó el Ronchis, Patsy agarró un frasco de compota y se lo lanzó a un refrigerador industrial que resbalaba hacia nosotros como si la estancia se hubiera inclinado. X-32 comenzó a girar sobre sí misma, tropezando con los restos de la comida. Yo traté de pensar en el Gran Malís, e ignoro porqué. -El Ronchis detecta campo A de consistencia B en un grado HZ -dijo Max.
-¡Tiráos al suelo! -grité- buscad toallas mojadas!
Las cortinas de los ventanales volaban a girones y trataban de asfixiarnos. Un temblor sacudió el suelo. Era rítmico, regular, poderoso, inquietante, definitivo. Se acercaba.
Eran los pasos de Garrapatón García. Eran los pasos de un gigante.
Garrapatón se plantó ante nuestro grupo. Era un gigante y su voz atronaba cuando nos dijo:
-¡Y bien, qué queréis, criaturas!
-¡Es el Gran Malís quien nos envía! -aullé. Había visto caer inconsciente a Patsy. Un cascote le había golpeado en la cabeza. Max perseguía a X-32, que giraba incontrolada sobre sus ruedas macizas emitiendo cintas al revés.
Y Garrapatón se convirtió en un perro-lanza gigante que goteaba hidrocarburos por sus fauces desdentadas.
-¡Arf! -dijo.
-Gorf 451, en un caso extremo. Lo normal es Uf 15. Adaptable a todo -respondió X-32.
-¡Garf! -respondió el perro, que se había sentado, haciendo temblar el suelo y las paredes y derribándonos a todos.
-Garf sólo es adecuado en circunstancias L y B. Tú deberías saberlo.
-¡Grrr!
-G por (rrr) es igual a Hola.
-¿...?
¡Hola!
-Slurp -dijo el perro, lamiendo la maleta.
-Uf -dijimos todos.
-¡Garf! -y el perro volvió a incorporarse.
-Ya hemos aceptado que Garf corresponde a Uf 15, no a Uf a secas.
El perro meneó la cola, levantando un huracán que nos obligó a asirnos unos a otros para no caer. Luego se tumbó. Levantó una oreja (sus orejas tenían el tamaño de un quiosco de periódicos) y de ella salió Garrapatón García, convertido en un enano jovial que enarbolaba un utensilio de cocina no identificado. -Hola- dijo.
-Hola -, respondimos desconfiadamente. El perro había desaparecido.
Garrapatón volvía a tener su tamaño normal.
-No os asustéis, él me ayudará a trasladaros al próximo piso. Es inofensivo, pero tiene muy mal vocabulario.
-Gracias, X-32 -le dije sinceramente a la maleta cuando me trajo un plato con queso bañado en aceite de gaviota.
-Conozco bien a los no-laterales.
-Ah.

X-32 recogió la minipantalla y siguió su vigilancia. Habíamos comido distendidamente en torno a la estufa, explicando anécdotas (las de Garrapatón eran especialmente notables) y viejas leyendas de 1.264 (Garrapatón conocía muchísimas). Improvisamos algunos juegos mientras bebíamos café (fuimos vencidos sistemáticamente por Garrapatón) y cuando probamos su tremendo aguardiente de eucalipto todos tosimos, enrojecidos, menos él. La oscuridad se había ido adueñando de la estancia, que perdió definitivamente sus contornos. El cielo estrellado llenó los ventanales.
-Voy a encender algunos focos -dijo Garrapatón, incorporándose. Le vimos alejarse y desaparecer en la penumbra. Todos comenzamos a escrutar el suelo, esperando una nueva erupción.
La sacudida no se hizo esperar y fuimos a parapetarnos detrás de X-32. El perro gigante hizo su aparición. Acercó su hocico hasta la maleta y comenzó a olisquearnos.  Una poderosa luz nos deslumbró. Cientos de reflectores se habían iluminado a la vez.
-¡Ah, ya estás aquí! -era la voz de Garrapatón, que volvía a ser un gigante. Llevaba en la mano un hueso de diplodocus y se lo lanzó al perro. Éste trotó en pos del hueso.
-Salid, sin miedo. Y sentaos a horcajadas en mi brazo. Os voy a subir.
He introducido en un banco libre de vuestra maleta un mensaje en clave para el Arcipreste Gordon. No os olvidéis de entregárselo.
Garrapatón se puso de puntillas y levantó el brazo. Nos vimos inmediatamente transportados al techo, que estaba tan cerca que podíamos tocarlo. Noté que había una trampilla. Garrapatón la levantó con la otra mano. El bloque de piedra cayó con estrépito en el piso de arriba.
-Saltad.
Saltamos. Estábamos en un amplio corredor jalonado por columnas. El silencio era absoluto. Desplazamos entre todos la trampilla y la colocamos en su sitio. El resplandor del piso inferior desapareció y nos quedamos quietos, recuperándonos del esfuerzo. Al cabo de unos minutos, nuestros ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad.
-X-32, conecta tus micro-linternas -dije.
La maleta se iluminó como un avión de pasajeros.
-Propongo avanzar en aquella dirección -expuse a los otros, señalando hacia un recodo del pasillo del que provenía un ténue resplandor intermitente- debemos acampar y ocultarnos cuanto antes.  
-Voy a conectar el Ronchis. No me movería por aquí sin radar –dijo Max, preocupado.
Nos llevó unos minutos alcanzar el recodo. Caminábamos despacio y muy pegados a la pared.
-Detecto seres orgánicos -dijo Max- bastantes.
-Ciento cuatro -puntualizó X-32.
-¿Humanos?
-Hay al menos una simulación. Semiorgánico. Es mayor que un lanzo-oledor -especificó la maleta.
-El Ronchis no detecta armas.
-Colocaré una sonda visual -la maleta rodó silenciosamente hasta el recodo y extendió un finísimo cable plateado que, como dotado de vida propia, serpenteó hasta colocarse en la mitad del pavimento. Se balanceó semierguido.
-Observad la mini-pantalla -dijo Patsy, apremiante. Ella ya lo había visto. Luego lo vimos Max y yo.
-Un bar -dijo Max.
-Un bar -dijimos los demás.
Avanzamos, unos junto a otros por el pasillo, que formaba un callejón sin otra salida que el propio bar. Un rótulo luminoso algo desprendido de uno de sus lados, parpadeaba. "Rab Un", decía.
-Rab un. ¿Es seemundés, X-32?
Patsy se adelantó:
Es un cifrado por sustitución. "ra-bun", sería la codificación correcta (ya que no es una inversión, sino una clave: U=R; A=N; B=B; A=U; R=N.) Prueba con frases más largas.
Habíamos llegado a la puerta, que era de grueso cristal opaco y en ella se iluminó "bienvenidos al cuarto piso" en letras rojas. La puerta se abrió silenciosamente, aunque ésto último quizá no fuese así: el barullo que procedía del interior era ensordecedor.
Ciento cuatro personas departían, jugaban, dormían o bebían. Nadie nos prestó atención cuando descendimos la rampa que salvaba el desnivel. El bar estaba unos metros más abajo y me pregunté cómo era posible. Fuimos hasta la barra, donde un hombre grueso con tirantes y camisa blanca pasaba mecánicamente un viejo trozo de gamuza por el mostrador. Era completamente calvo y un gran bigote negro trepaba por ambos lados de su nariz.
-Buenas noches -grité-. Pónganos unas cervezas.
-Al momento.
Exploré el lugar con la mirada, buscando una mesa vacía. Otras miradas se cruzaron con la mía. Pensé que una de ellas podría ser la del semi-orgánico.
Propuse al grupo una mesa que se ocultaba discretamente tras una columna cada vez que la miraba. Cuando vió que nos dirigíamos hacia ella, dejó escapar un suspiro y se quedó quieta, esperando que la ocupáramos. X-32 tansportaba nuestras jarras de cerveza en sus posavasos auxiliares. Ello nos permitía dar la mano a cuantos parroquianos nos la tendían. Su afabilidad terminó cuando ocupamos la mesa y todos reanudaron su actividad.
-Probablemente hayan habitaciones aquí -especuló Max, dando un largo sorbo de su jarra espumeante.
-Esto debe ser una guarida de la F. A. S. C. -dijo Patsy.
-¿La F.A.S.C. nos ayudaría? -pregunté.
-Actúan sobre todo en el hipódromo. Pero es posible que nos ayuden a encontrar habitaciones -explicó Max.
Apuramos lentamente nuestras cervezas. La densa atmósfera del bar inducía a un estado placentero y relajado. Entorné los ojos mirando a las mesas que se extendían hasta la barra. Casi todas estaban ocupadas por una o dos personas. Ví que un tipo flaco y encorvado se incorporaba y cambiaba de mesa. Tras hablar con los que la ocupaban, pasó a otra y luego a otra. En cada una se detenía apenas un par de minutos. Su particular recorrido le acercaba hacia nosotros en un zig zag preciso que comenzó a inquietarme.
Cuando se sentó junto a mí, le miré a los ojos, inquieto.
Era un hombre de unos cuarenta años, cuyo rostro surcado de arrugas estaba semioculto bajo un harapiento sombrero de color indeterminado. El personaje vestía un extraño mono verde adornado con flecos, y babuchas de cuero, muy puntiagudas.
Me miró, frotándose las manos.
-¿Señor Patatillas?
-Sí, soy yo.
-Es un placer saludarle -tendió una mano agarrotada hacia mí, que yo no correspondí.
-No cree que debería permitirme compartir con usted el privilegio de saber con quién estoy hablando? -repuse.
-Disculpe. Soy Don Wolframio Villa.
-¡Doctor! Es un placer -exclamé, mientras pensaba "Los mecanismos para la búsqueda del Arcipreste comienzan a interaccionar."
Nos estrechamos la mano.
El Doctor Villa me explicó algunas de las circunstancias de su misión para el Consorcio: infiltrarse como telépata en la expedición de Aníbal Nostradamus, para detectar posibles ventajas de la ocupación de Cortina 3/4 por parte de la Sociedad Bianual Ronchis.
-...en realidad -estaba diciendo el telépata- no fuimos bien informados, pues el pasillo "Los Frutales" estaba bloqueado con grandes piedras cuyo origen era un terremoto provocado. El acceso a los hoteles era imposible. Nostradamus disolvió el grupo allí mismo y Liko mordió con especial interés a Fonseca, el premonitor, aunque éste había introducido en sus ropas ciertos protectores anti-lazo. Algunos de los miembros del equipo viajaron a 1.264 y colaboran con el Consorcio en el caso del Arcipreste.
-Un caso lamentable -añadí inmediatamente.
-Ciertamente, señor Patatillas. El Arcipreste está muy desorientado. A decir verdad, todos en 1.264 andan muy desorientados. María José Vegetal y yo hemos llegado a Garbanciutad esta misma mañana. Al parecer, Lorna consiguió hacer llegar un mensaje en clave al capitandante Lucas Tomate y éste nos envió de inmediato.
-Veo que la agente Vegetal no le acompaña.
-María José conoce muy bien el cuarto piso de la catedral. Trabajó aquí durante años en diversos restaurantes. Nos hemos citado aquí, en el Rab-Un, a medianoche. Ella está saludando a sus viejos amigos del cuarto piso. Después podemos proponerle que nos guíe a los lugares más singulares de la noche catedralicia, se trata de una experiencia que les recomiendo.



(SEGUNDA NOTA DEL TRANSCRIPTOR.

Hasta aquí, el texto conservado de Pedro Patatillas, detective Ronchis en Garbanciutad. Se conoce el propósito del autor de que a cada uno de los 75 pisos de la La Catedral de Garbanciutad, debía corresponder un capítulo de esta historia, más los correspondientes epílogo y posfacio. Puesto que el texto hallado se detiene en el piso cuarto, cabe entender que, más que ante una obra inacabada, nos encontramos ante un trabajo apenas comenzado, a pesar de la extensión que presenta, puesto que el resultado final hubiera sido de dimensiones realmente grandes. Aunque, en la opinión de la mayoría de expertos, Pedro Patatillas, detective Ronchis en Garbanciutad no llegó más allá del capítulo cuarto, otros investigadores opinan que el libro se concluyó, pero los capítulos restantes se perdieron. Esta teoría se abona con el descubrimiento de un fragmento correspondiente al mismo piso cuarto, lo que indica que habría sido terminado:

“…se verificaba por la puerta 3, en el pasillo "Los Frutales". Aníbal Nostradamus dirigió hacia allí a su grupo. Pronto abandonarían la zona subterránea y accederían al paradisíaco valle de Cortina.
-¿Qué sucederá si nos hablan en seemundés (el antiguo dialecto de Cortina, de origen desconocido)?- preguntó María José Vegetal.
-No lo harán- aseguró Luis Fonseca, el premonitor. “

También, por el hallazgo de un fragmento más largo correspondiente al piso 17

“-Esto afectará sólo a los que tienen implantes. -Pulsó una tecla de la máquina de escribir. Giraron las ruedas azules de la cinta. Patsy cayó de bruces y se contorsionó por el suelo. Dándose la vuelta, nos miró. Sus pantalones estaban manchados.
-Ha sido fantástico -dijo- pero no me puedo levantar...
Siguió mirándonos.
-Cogedla entre los dos.
-Usaremos los extensores soporte de X-32. Sácalos -ordené a la maleta.
Al momento, Patsy estaba cómodamente instalada en una extensión de X-32, que se inclinaba peligrosamente hacia un lado.”

Y especialmente por este otro fragmento, que corresponde al piso 20:

“Me preguntan sobre las características del Peludo Sur: bien, abonamos las teorías que advierten de que El Peludo Sur podría ser un balón de fósforo de unos setecientos pilómetros de diámetro. Hay dos datos muy significativos al respecto:
-Los índices de gastrubción aportados por Jema Asociados...
-Y los muestrarios de huellas esféricas que Tobías Venga presentó en la Asamblea de la Sociedad Bianual Ronchis. Sin embargo, no podemos despreciar otros estudios muy serios que en los últimos años han tratado de explicar la consistencia del Peludo Sur. Por ejemplo, el trabajo de Arnold y Arnold, que Juan Arnold realizó junto a sí mismo. En mil quinientos folios llegaba a la conclusión siguiente: El Peludo Sur es un tanquete albino cubierto de gambas y uvas parásitas.
Se servía de las antiguas tablas barométricas del Marqués de la Cabeza y de una máquina de escribir a la que le faltaba la letra ju. Limón Asterístico, el restaurador, desarrolló una maqueta del Peludo Sur que presentó en el Salón de Invierno de Villa Grilla. Representaba un canapé de equilibrio imposible alimentándose de tiras de precinto. Tuvo bastante éxito y no tardó en construir otras para determinados clubes científicos. La principal dificultad con la que se encuentran todos aquellos que pretenden resolver el enigma, es la ausencia de fotografías del Peludo Sur en su época terntópica. Naturalmente, aquellos que las poseen, las guardan bajo siete llaves (la exposición a una fotografía del Peludo Sur en su época terntrópica es desencadenante de pensamientos fijos de colores posibles.”

Aquellos que sostienen la existencia de una versión completa de Pedro Patatillas, detective Ronchis en Garbanciutad, afirman que el relato llega al piso 75. Recabando información de determinadas personas que estuvieron en contacto con otros que habrían podido leer la obra completa, han podido conocer a grandes rasgos las temáticas de los capítulos desaparecidos. Así, en el piso sexto, descubrirían una puerta que se abría directamente sobre la ciudad de 1.264. Habría un acto de inseminación en el piso séptimo y un ascensorista espía en el octavo, algo relacionado con minimalización en el treceavo, una lucha cruenta contra la Fracción Armada del Sindicato de Camareros en el piso 28, otra con la policía teocrática en el 32 y un curioso momento en el capítulo 46, en que los protagonistas, asomados a una ventana de la catedral, ven caer  a los tanques y soldados del ENSA, desaparecidos en un capítulo de Los Hechos Pérez. Según estos mismos informantes, en el piso 58 se encuentran con que falta un tramo de escaleras, campos de minas en el piso 70 y al Arcipreste Gordon en el 71. Parece, así mismo, que en el setentaycincoavo y último piso, todos los personajes entran en estado de embriaguez tras la ingestión de soncho grutal en el cuartel general más inexpugnable del Submundo: El Centro de Cálculo de la Policía Teocrática.
Sean ciertas o no estas versiones, aquí sólo podemos presentar el texto que ustedes ven, puesto que no ha llegado a manos de este transcriptor ningún otro material relativo a esta obra.)

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