TRATADO SOBRE LOS FRENOS.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

VICTOR NUBLA
BARCELONA, 1997
 
 























PRÓLOGO




En las tardes de Julio, no se siente nada. Algunos muebles o arbustos, aplastados por el repentino "cielo" amarillo, son los únicos en atreverse a "rodear" el circo y sucumbir "felices" al deseo ajeno de su presencia y de su destrucción, ahora en vigor y, posiblemente, cercano a la decadencia de otros. Porque la verdad es que no caben cordilleras como esas en paisajes reducidos a "expresiones" coloquiales. Tanto es su poder. Tanto el alimento. Tan grande su zapato. Tan cruel su documentación complementaria.

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A las tardes de Julio, les suceden las de Andrés. Y es lo mismo. Un borboteo, una soledad. A las de Andrés, las de Jacinto, siempre en ese orden. Montañas de archivos. Grúas enanas que transportan pescados entre grandes dificultades, apelando a las "bombillas" del querer y sus "aves" de conveniencia. Maquetas en cartón acanalado que contienen dos datos:

1) no es Agosto
2) no es Ayer

Luego, diremos que no es así. Que con pocas palabras se puede hablar de mucha gente o que habíamos llegado volando, pero era "martes". A continuación, abriremos un pollo para saber si ha comido relojes. Estamos contentos. No estamos contentos. Hay hermanos gemelos de la gente diferente. Y platos de legumbres aliñadas con "infantes" que hacen las delicias y también los desasosiegos infundados en nada. Con mucha tranquilidad. Y un poco aleatorios. (Haremos listas de animales, aunque más adelante). Como un aviso. Como un gran testimonio de solidaridad entre las especies.
Siempre habrán miradas en caras que miran y "doctos" sistemas nerviosos.
Por éso, el mundo no existe. No es un túnel, ni un estómago, ni siquiera una vulgar variedad de crustáceo. Los niños lo saben y otros niños, algunos otros, no.
Al cabello gris de los indicadores le sientan bien gafas oscuras, que aclaran sus barrigas, que extienden sus propios hilos de tender, que navegan en los inmensos parquímetros que pertenecen a la "superposición".
No somos arquitectos, podemos decir, somos mordedores de piel, auto-lagartos. Todo el mundo sabe lo que cuesta ser uno mismo siendo otro. El tremendo esfuerzo que supone. Los escasos miles de años que dura y cómo sabe, a pesar de los guisos de trabajo: la combustión espontánea de recetas complicadísimas y su desarrollo posterior en base a viejos tratados, armisticios entre el reino animal y el vegetal o, pongamos por caso, cualquier reino occidental.
Ah... y éso no es nada, comparado con algo que pudiera ser más o que, simplemente, saliese ganando con la comparación.

Quizá ahora sea el momento de plantearse juegos de aquellos que perdíamos en otros tiempos: juegos-estopa. Juegos "aminorados" por el sueño o la especia correcta. Nada más que éso. El "peso" de los besos y el "queso" en las ensaladas. "Aviador", por ejemplo.
 
 


CAPÍTULO I
MIRADA TURBIA AL MERENDERO

Durante mucho tiempo hemos creído (y hemos hecho creer) que el viaje en globo sustituiría a los modernos tranvías. ¿Qué hemos conseguido con ello?. Probablemente nada, al menos en el campo especulativo de la felicidad. Yo no he visto a nadie más feliz por ir a cortarse las orejas en globo y muchísimo menos, por ir a cortárselas a otro. Nadie es feliz porque evolucionen los medios de transporte (públicos o secundarios) y, desde luego, algo hay en todo ello que tiene visos de magnitud entrecortada básica: asuntos de otros, vamos a decir. De la misma manera, la especulación creada en torno a diminutos fragmentos de metal hallados en algunos "cargamentos" de recuerdos de seres humanos vividos simultáneamente, no nos inducirá jamás a pensar en "ventanas" con flores o "entradas" con agujero para gatos (eso que llaman "banderas") y, desde luego, no hay motivo para alarmarse: el control sobre ese tipo de situaciones hace ya tiempo que corresponde a pequeños curiosos ávidos de formar parte de los que forman parte de algo. Y así estamos. Tanto tiempo... para nada. Aunque "nada" sea una palabra entrecomillada. Sin ir más lejos, observen: se suponía (con buen tino) que las "aceras" o caminos rápidos estaban previstas para algunos lugares, algunas mañanas, ciertos "soufflés" sociológicos... se dieron, a causa de ello, vueltas y más vueltas a verdaderos espacios que nunca fueron circulares. Hubo quien decidió, de propia cuenta, celebrar un fin de milenio o algo así, con la excusa de "humedecer" amplias zonas de pastos ahora yermas. De todos aquellos intentos basados en la "gastronomía" (los perros) o en la "modificación" de tiempos, sólo nos ha quedado el vestigio que, con el número 1, aireamos en las situaciones más importantes. Una excusa para no enfocar adecuadamente con la nuca todas aquellas divisiones del paisaje que tan bien "apreciamos" en las tarjetas postales. Seguro que muchos todavía lo recuerdan. Hay constancia de que las estructuras de yeso tendidas entre funciones mentales secundarias se mantienen. Ahora, inmersos en la vertiginosa merienda, quizá no acertemos a comprender cómo fue posible tanta atención suplementaria. Cómo los hombres y las mujeres dejaron de comer para atusar concienzudamente las madejas embarulladas de sus animales de compañía. Por qué subieron y bajaron tantas veces para cumplir con un sólo encargo... etcétera.
Las razones escritas, o embadurnadas con piel, no sostienen la armazón de la pura idea de una sociedad "gallinero" o "desconocida". Eso está actualmente fuera de duda. Entonces, ¿hasta cuándo leones elásticos o estrechas farolas giratorias sin saber, por otra parte, la cantidad exacta de aproximaciones que nos vemos obligados a realizar en los largos años de nuestra vida?.
Voluble es el calamar en su celebración privada y nunca se acerca a la sospecha, porque tiene "dientes" de "pato" y "comprensión acelerada" de los distintos "aumentos". Se parte de ello para conducir las más variopintas caravanas a través de estepas heladas, salones de baile inmensos y fábricas abandonadas que no dejan de funcionar. Muchos se han preguntado a sí mismos el porqué de tanta alegría y no han sabido responder con moderación: "no lo sé", por ejemplo, hubiera sido una buena respuesta, en lugar de muchas otras frases que denotan, sin duda, una escasa habituación a las atmósferas basadas en el metano, el hidrógeno líquido y los metales pesados.
 
 

CAPÍTULO II
SE REMOVIERON LOS CONEJOS

Dieron un tiempo. Dijeron: igual a "Aviador", por ejemplo. Y funcionó. Toda la naturaleza se puso a celebrar el gran acontecimiento: era domingo.
Las calles se llenaron de imaginativos medios de transporte, cuya propulsión se basaba en el metano, el hidrógeno líquido y los metales pesados. La canastilla había dado un vuelco.
Se constituyó la hermandad de vientos salvajes. Se levantaron monumentos. Era el almuerzo de celebración más importante de los últimos tiempos y no valía la pena jugar en el agua sin aquellos pequeños jumentos, "pistachos", que cabrioleaban en cuanto uno se bajaba de ellos.

Parecía sólido que el "perfil" resultara diferente de la visión que "llamamos" de frente. No había en él esa llaneza "campesina" ni la habitual "corteza" abrasiva que conocemos por "caramelo". Y, sin embargo, la cosa se movía. La "cosa" era móvil y daba claves tremendas. Claves como "yardas de cien" o "constitución líquida de los montones de rocas". Todo depende del carácter. Todo depende del carácter. El caso es que, a las sucesiones de "patrones" más o menos conseguidos venían a molestarles "auténticos" perfiles. Arraigados "malecones" de viento. Y "todo" seguía dependiendo del carácter. Con la misma naturalidad que los bebés dependen de sus sensores de altitud. Habría que determinar para qué se crearon los sensores de altitud, sus complicadas "bobinas" y los no menos "distraídos" compañeros de viaje que frecuentemente llamamos "tubos", aunque su nombre correcto es caliputienses.
Mi padre negocia en empresas, decían. Mi pato no comía hace un rato; soy aquél que surge del feldespato, concluían. Y todo era mentira. Estaban dando tiempo a la llegada de los nuevos acontecimientos. Por éso eran "nuevos" (los acontecimientos) y el tiempo era el mismo tiempo de siempre. En el caso de que "sobraran" hormigas, siempre habría alguien dispuesto a leer.
Hoy en día, los descendientes de aquellos "perfiles" han desarrollado complejas ecuaciones en lagos salinos, han cubierto literalmente de lava las paredes de sus propias "ciudades" y tratan en vano de elevar algunas torres de altura variable con el pretexto de poder "subir" a ellas. Frecuentes argumentos basados en clavículas voladoras, constituyen el fondo conversacional, aunque nadie, a estas alturas, aceptaría de buen grado semejante estructura, más bien, probablemente, nos pondríamos a trabajar en "esencias", "folklores" o automóviles automáticos automotrices occidentales.
Mientras tanto, habremos de seguir lamentando que las aves huyan del pan, que no existan nuestros estabilizadores, ya que jamás los hemos creado, etcétera. En el remolino, todo vale. En la conejera, se compulsan las "noticias" tal como van llegando; se valora el desorden. Se ponen a punto estrategias de paja que hacen revolotear las briznas en turbulentas alteraciones, "metiéndose" en los oídos de ver, irritando los ojos de oler, molestando en los sabores...
Esos inconvenientes naturales están previstos, se tolera que calienten lo frío y "enfríen" lo caliente. Incluso son muy tenidos en cuenta por "comunidades" aparentemente pragmáticas o antediluvianas. Los vestigios son innumerables. Perduran, por ejemplo, en los juegos de azar, en los símbolos grabados en las antiguas "calzadas" y en las extravagantes máscaras de boda. La perduración de lo inconveniente mima los lazos "sociales" y tensa los cables de transmisión de las fantasías. Por ello, su estructura recurrente es tan apreciada. Existe además una sabia costumbre entre los gasterópodos que ilustra perfectamente esta situación: ante la presencia de un "ilusionista" profesional o gendarme "marino", no dudan en exhibir cinco monedas. La primera, simboliza la máquina. La segunda, el estrago de la cosecha. La tercera, el blando recibo de las especies. La cuarta, el sabor de las ingles y la quinta, el tercer cerebro de la Humanidad.
 
 

CAPÍTULO III
EL VACÍO DE LO LLENO

Hay gente que recuerda. Que hace que sus recuerdos sean hijos pequeños de sus apéndices. Por ejemplo: convirtiendo un frigorífico en materia de convivencia. Tratando a los animales como seres humanos, Y la verdad es que así comenzó todo. Se tomaron al azar algunas especies, fueron cuidadosamente aleccionadas en su nuevo "papel" y se obtuvieron suficientes "pruebas" de su existencia. Esto se ha llamado "refrendación" automática y, llevada a sus últimas consecuencias, produce la sequedad de boca conocida como "imaginación" o también "alimentos pre-cocinados".
Cuesta creer en estas cosas. Hay tantos mensajes ocultos en las voces de todos... hay tanta comunicación... tanto afán por no ser aquél... (y ello a pesar de saber que la existencia de aquél es todo lo "triste" que quisiéramos para nuestra propia "existencia"). Claro, desde ese lugar, por ése camino, son demasiado frecuentes las sorpresas... en algunos "casos", las sorpresas se convierten automáticamente en pequeños elementos plásticos de formas definidas pero incongruentes. En ellas se alojan inapreciables animales microscópicos ¡tanto entendemos de la vida! y éso siempre sucede allí. Como todo lo demás sucede aquí y como todos los demás nos suceden a nosotros, acontecen, como otros, en las ubres y en las cláusulas y en los cajones interiores de los armarios. Las personas hacen de todo ello excelentes platos que las piedras rechazan sistemáticamente. Ese es el precio y este es nuestro precio personal que compartimos sin dudar con las exposiciones de manteles de "montaña" y con la cultura conocida como "lucha de cangrejos", en interminables ferias dotadas de servicio telefónico y cuidadores adiestrados por hermanos internos. Y, desde luego, aquí hay cosas que no encajan: las que son más grandes o tienen otra forma. También, de entre las formas, las que son variables o cambian constantemente.
Hay otro tema que resalta en el brillo de los ojos de los que vemos caminar frente a nosotros: las lombrices de tierra, ¿tienen piedrecitas dentro? ¿su estómago es, así, una trituradora de otras pequeñas lombrices que se puedan colar por su boca? ¿Son conscientes de ello? ¿Viven lo suficiente para alcanzar algún tipo de equilibrio con su crecimiento? ¿Por qué precisamente las llamamos "lombrices" habiendo un gran número de aves que responden a ese nombre, si (no nos vamos a engañar) a miles de ciudadanos y comensales les parece maravilloso que las sorpresas sean cualquier cosa menos sonoras? Y acaban llamando sorpresa sonora al estallido de un barreno o cualquier otro tipo de "explosivo". Los resultados, ampliados por las lentes de "aumento", nos llevan a la solución varios centenares de kilómetros después. Estamos realmente indefensos ante semejantes situaciones. Pero no nos importa. Y si no nos importa, no nos importa. Ese es el mecanismo. A continuación, pasaremos a describirlo:
El mecanismo, construido con "materiales" altamente resistentes, consta de varios engranajes accionados por ruedas dentadas cuyo esmalte se mantiene en un estado óptimo, mucho más evolucionado que los actuales y que a su pasión por devorar, suma un desmesurado sentido (altruista) de la comodidad. Esta toma de conciencia de los engranajes no pasa desapercibida para el eje. El mecanismo cuenta también con diversos compuestos grasos que permiten desarrollar complejos basados en el deslizamiento. Los deslizamientos no son propios de los mecanismos y, sin embargo, hay mecanismos "deslizantes". Nunca sabremos porqué sucede así ¿las leyes físicas podrían explicarlo? Probablemente, pero las leyes físicas no acostumbran a hablar y cuando hacen vida social, terminan por beber y conversan muy poco. Prácticamente, lo hacen sólo consigo mismas. De ahí surge la monología, o ciencia singular por excelencia.

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En todo este asunto de lo vacío y lo lleno, se han levantado voces que, finalmente, han debido volver a sentarse. Ellas, perfectamente adaptadas a sus moldes de descanso, son las primeras en susurrar frases de ánimo, insultos familiares y consignas que, a menudo, desprecian los zurdos. Pero estaba tan previsto, era tan necesario, consistía tanto en sí mismo que, dándole la vuelta, siempre terminaba por ser, cualquiera que fuese su perro, un excelente buzón de los mares y un remedio perfecto para la marejadilla de las sienes o para el temporal de plexo solar. O para la calma chicha de las carnes de las piernas...
Excusas, en cualquier caso, para no tener que trabajar.
Tristes cocinas de la posesión personal tibia. Inexplicables usos del contestador automático. Explicables carencias de vida sincera o dos veces dos cerebros. Consignas de felpa. Teorías de cartón. Absurdos miedos basados en ser miedoso. Desde aquí lamentamos que se haga perder un día o dos a alguien. Pero cuando van dos, tal como indican las estadísticas, nos hallamos muy cerca de tres y, casi con toda seguridad, a las puertas de cuatro. ¿No es hermoso? No es un pato.
Las concepciones son distintas. Hemos llegado a un lugar en que las sensaciones pueden concentrarse y formar una sola palabra, o como máximo dos. Ahí, en ese lugar, puede aguardarse, o no, el momento adecuado.
 
 

CAPÍTULO IV
EL SOÑANTE

El soñante se despierta y ha estado en lugares que fueron "abandonados" premeditadamente.
El desfile de sus personajes, esos seres que pueblan su vida "consciente", ha sido constante pero, al final, siempre terminan por irse y "dejarle" en las peores condiciones posibles: en un balcón, en una vieja casa de la montaña con gatos rabiosos, en una reunión de destripadores, en habitaciones contiguas a otras donde se come carne humana, en su casa, en la calle "vacía".
Siempre se van todos a la vez. El soñante ha dormido en "camionetas" creyendo amar a personas desconocidas que parecía conocer desde hacía tiempo. Y en el sueño, siempre duerme y despierta para encontrarse "solo" en un lugar que no era. Justo "al" tiempo. Siempre a punto de estar en la trastienda de "algo" que creía, de algo que "creía" no soñar...
El soñante es un producto de su sueño durante el sueño, un sueño de su sueño, un producto del único soñar que no es ajeno, como se ha dicho, y se basa en el despertar para desmigajar sus olvidos, que sólo se dan en el sueño. El soñante sueña que olvida y que es olvidado, pero todo ello es una polarización del recuerdo. El soñante explota el presente con las formas del "pasado" y del futuro; deshace como arena vieja los sentimientos guardados en células óseas, en tejido nervioso, en fragmentos de "calcio" brutalmente aflorados a una estúpida irrealidad hecha de temblores, zumbidos, dolores, graznidos de la piel, parpadeos del alma, colores mezclados y sueños grises, "grises", grises... Al soñante ya no le divierte comer ni dormir. Lo hace deprisa o sin hacerlo, porque algo se ha dado la vuelta y no sueña despierto; vive dormido y, despierto, espera: un poco más de "vistosidad" en el desfile. Mira su letra al escribir y debe esforzarse para que sea, efectivamente, "su" letra. Los esfuerzos del "soñante" están encaminados a recuperar ciertos "estilos" que juzga vitales (para volver al hambre de comer o al concepto de sí mismo no basado en el desprecio, por ejemplo, de los "insectos") Desde hace largo tiempo, hay centímetros y minutos que se alejan de sus iguales, dejando un feo "vacío" de cáscaras de espacio-tiempo, compartidas por "protagonistas" de escenas. El soñante ha tomado una mesa junto a la que ocupan dos tipos. Uno es delgado, cortado su rostro con intención de reflejar el tipo habitual de violencia paranoica. El otro, obeso y sudoroso, viste peor y bebe café y agua. El delgado apura su whisky y le lanza miradas de desprecio. Escupe consignas dementes, obligándole a mirarle a los ojos. -No te equivoques conmigo-, le sisea.
Se levantan y el gordo paga mientras el otro espera, mirándole con odio. Para el soñante, resulta evidente que el gordo es un infeliz; debe tener dinero. El otro es un sádico peligroso.
Les ve alejarse y el soñante teme que el flaco, ridículamente limpio, matará al gordo sudoroso. Lo hará en cuanto su ciclo de odio se complete.
Pero el soñante no está dormido: está en un bar desconocido. El soñante duerme y "despierta" muchas veces al mes, proveyéndose, entonces, de galletas de plátano y servicios completos de té cubiertos púdicamente con periódicos del dia. Por la bandeja circulan, atareados, los individuos que conocerá mañana. Esta forma de inmersión recompone tejidos tan fundamentales como la lana cerebral o el metálico "sonido" de las cebras. Esta y otras formas de inmersión, son las actuales parcelas para soñantes. Para que no puedan escribir. Para que no "quieran" escribir. Aunque, muchas veces, son los propios "hornos", bien acicalados, los que comienzan por experimentar alteraciones fundamentales en su estructura radial. Y nuevas leyes, nuevas normas, aparecen por doquier, dotando de un nuevo sentido a las conquistas "diarias" de un número de personas equivalente a un centenar de veces la población mundial. Comprendiendo el verdadero significado de lo antes dicho, no nos costará aproximarnos a la fuente de los cambios; no puede resultarnos difícil atender las exigencias atléticas que las nuevas perspectivas obligan a subyacer en los orificios de las orejas y en los poros "sociales". Antes al contrario, encontraremos colectivamente argumentos de extensa cotidianidad y fruición "ejemplar". Vean si no, el siguiente modelo:
"A", convertido en "X", atenta contra el sendero que conduce a su casa, activando "resúmenes" invernales, como "mantras" o "relojes". Mientras, su vecino, aprovechando que no se encuentra allí de una manera "exacta", realiza una serie de llamadas telefónicas comprometidas. ¿A quién corresponderá el derecho "inmediato" de tener hambre de sed?
El vecino ("X", ahora convertido en "B") puede sentir hambre de sed, pero no debería, ateniéndonos a todo lo visto en los capítulos anteriores, hacer el menor uso de su manguera cautiva hasta que no lo hiciesen todos los animales de la casa de "A" (ahora "X").

En los más remotos confines neuronales de la merienda más divertida, el planteamiento anterior desempeña el mismo papel reactivo. La misma "indirecta" responsabilidad común se pone en marcha, agarrada con las manecitas a los pliegues de la venerada túnica del faro espiritual de las "iglesias" dobles.
Ahí reside su valor, tan ajeno como propio a las convenciones "delgadas" (por decirlo suavemente). Y el catálogo de desprecios que se distribuye gratuitamente por las casas.
Aunque pueden caber algunas interpretaciones, lo habitual es no hacer ninguna. Hay que ser muy respetuoso con los hábitos, porque tiemblan igual las manos del pulcro flaco que las del gordo sudoroso, aunque por dos causas muy distintas: una es mental; la otra, abismal.
¿Puede encontrarse mayor "suerte" colectiva? Hay, en cualquier caso, dudas acerca de lo implicados que están los seres humanos en los procesos de "taponamiento" y desagüe que, a nivel planetario, neutralizan el inevitable trastorno cíclico que termina por afectar a los textos capitales de la cultura diaria. Muchos experimentos prácticos han perseguido sin discreción demostraciones similares. Algunos han tenido éxito. Otros, puestos en práctica con cajetillas de tabaco gastadas o brazos mecánicos de escasa adaptación a la pintura anti-humedad, han terminado por fracasar estrepitosamente mientras sus impulsores besaban el fango que rodea siempre los terrenos acotados de los santuarios.
En otros tiempos, ello hubiera bastado para cancelar complejas implantaciones de ideologías turísticas. Hoy en día (solamente hoy en día), los moscardones forman reservas, conciben nidos basados en el zumbido y provocan cambios de sexo en las partículas elementales. Tanta atención por parte de los grupos sociales hacia fenómenos aparentemente poco "tangenciales" demuestra, una vez más, que estos son tiempos para que todos nos sintamos satisfactoriamente sólos en compañía de nuestro pelícano de oficio.
 
 

CAPÍTULO V
HÉLICE ILÍCITA ELIGE ILEGAL

Sabiendo que el día iba a ser noche, diferenciadas las expectativas, cautivo el ojo oculto en la torre neuronal doble, se "entregaron" los núcleos sociales al consumo de conservas y frases condensadas.
Reunidos todos sus miembros, los clubes atajaron la verdad con mercadería buena y tosecillas adecuadas. Pensamientos cenitales, una vez más, batieron a quienes sucumbían de antemano: en el nombre de la muerte se convino en arrasar el sueño ajeno y en el propio, la existencia de lo otro, la realidad o simplemente la forma del cuerpo o el aliento de los cabellos.
Ese miedo general y colectivo que las masas emplumadas por sus guardianes padecen en el silencio de sus micro-habitaciones, es el genuino pavor-antes-que-nada, la llave que cierra y no abre; una decisión del ser humano basada en desconocer lo conocido. El juego inocente de hablar. El juego inocente de la ducha. La ley del paso-a-paso-hacia-atrás. Estrategia confirmada como la más adecuada por el vaciado de cada cerebro, que se encuentra siempre unos centímetros detrás de éste, ya fuera del cráneo.

Estaban tan sólos.
Y era tan fácil.
Costaba tan poco.
Tranquilizaba tanto.
Tanto.

El éxodo imparable que pequeños animales (mustélidos, aves, salamandras, reidores de bosque...) realizan a cualquier hora de "esa" noche, aún ahora irrita a los gremios de pensadores especializados en sistema digestivo. ¿Para qué nacieron equipados con bondad y truenos?
¿Qué utilidad puede tener el complejo artilugio de que han sido dotados?
A esa pregunta, responden airados sus resortes administrativos. Lo hacen con poderosos estallidos y zumbidos de sirenas y nunca se preocupan sino de estallar y zumbar, fingiendo gran preocupación mientras estallan y zumban.
Mientras tanto, alguien que escribe, dice: ¡Detengan a ese dolor de cabeza! ¡Deténganlo ya! ¡Convénzanlo de que estaría mejor en la cabeza de una vieja piedra, bien armada de paciencia, resistente y maciza! Sólo así puede ser. Y de ninguna otra manera (al menos, mientras existan adjudicaciones de sueños vacíos, de vidas vacías, de inmensas propiedades de terrenos inconscientes).
Es así para todos, pues todos lo desean. No lo desean deseando desearlo, no. Lo desean intentando hacer o deshacer cualquier otra cosa. Y en cualquier orden: pelillos, limpiaparabrisas, "piel" de los codos, engaños exactos, tomas de sangre, cartones identificativos, piedrecillas de estómago, estructuras moleculares del ladrido humano, correctores automáticos de gestos, sombras de orejas, edificios que contienen a otros edificios, pespuntes de ira, latiguillos de rabia, ojos que procuran no mirar e, incluso, comentarios de falsa generalidad para situaciones de absoluta particularidad.
Aquí estamos, totalmente fuera de la hélice. Aparcados en una letra. Ajenos al núcleo del maremoto. Cubiertos de trincheras. Exhalando polvo por los ojos...
Quizá por éso, hélice ilícita elige ilegal. Y también curva consciente corre caminos. O nube novata nivela nave. Cualquier cosa que esté fuera de la ingente merienda.
Algo como: día que comienza, árbol que susurra, persona que deja de pensar en lo que haría si se encontrase en el lugar de otro que no es ni será nunca.
Así que digámoslo de una vez: hay tantas horas de falso tiempo, que el ir hacia atrás produce, incluso, la sensación de cortar el viento.
 
 




CAPÍTULO VI
CADA SER HUMANO NO "ES" DOS SERES HUMANOS

En el cuerpo y en la médula de la mandíbula se alojan muchas veces los "hermanos" no deseados de muchos ciudadanos. Suelen permanecer ahí, silenciosamente, hasta que su mayoría de edad les permite dirigirse por sus propios medios a las oficinas corporales de adjudicación. En ellas, una vez comprobada su utilidad, se les conceden destinos clandestinos, que deberán cubrir de por vida en zonas del cuerpo más discretas, como las axilas, los barros, las "centellas" y los aleros auditivos. Su existencia no es triste. Teñida por el honor, les asegura una euforia estable y unas cuantas horas de sueño. También les facilita acceso permanente a vestuario ceremonial y, en consecuencia, abre caminos de superación para esos hermanos menores, esos frutos de uno mismo que nunca nadie quiso conocer.
Mientras tanto, el ciudadano engendrador puede desarrollar su vida privada, a condición de que tenga espacio suficiente para ello.
Es entonces cuando adquiere el conocimiento de que un ser humano no "es" dos seres humanos. A continuación, sus brazos sufren un prolongamiento imperceptible (alrededor de 2 cm.) y pasan a elaborar un nuevo concepto mental que, una vez arraigado en el carácter, altera definitivamente su personalidad. Dicha alteración, consagrada íntegramente a los profundos espasmos de la vida cotidiana, contiene, como se ha podido demostrar, pequeñas cantidades de amoníaco, fragmentos de astillas de vidrio coloreado y los propios retratos miniaturizados de dichos ciudadanos.

Indefectiblemente, reconocerse en su alteración les permite vencer el deseo de arrancarse violentamente la mandíbula con sus propias manos.

Una nueva vida comienza entonces para muchos de ellos, encumbrados, sin haber podido preverlo, a los más altos tetraedros de la vida urbana. Descolgados, definitivamente, de la vida escénica rural, avanzan embutidos en minúsculos protectores blindados. A partir de ese momento, se les conoce por "los sibaritas del montacargas" y ganan fuertes sumas tropezando en las aceras y resbalando en la humedad. Sus familias responden con la circunspección que se espera de ellas: flores en el pelo, guantes de seis dedos para resaltar su nueva situación, modismos del lenguaje, mayor número de ojos y una actitud displicente hacia todo aquello que pueda alegrar su existencia: miedo, valentía, cobardía, valor y productos etiquetados donde se especifique claramente la composición, la duración y el alcance.

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La configuración general ya nos indica algunos datos concretos: no hay opción de retorno. No hay conciencia de que no hay opción de retorno. No hay ningún órgano generador de la falta de conciencia de que no hay retorno.
 
 


CAPÍTULO VII
LAS MADERAS PINTADAS

Llegaron los humildes hombres presuntuosos. Llegaron aquellos que se creían los más estúpidos. Se comportaban inteligentemente. Eran los falsos pobres-ave, comedores de poco dinero, ajenos por completo a su identidad y a su semejanza. Afianzaban su diferencia sin transmitirla, sólo esperando que los otros fueran iguales entre sí. Elevaron descensos en locales adecuados, proclamaron su sencillez agarrados a las viejas maldiciones del otro lado del mar, ignoraron lo que desconocían y lo desconocido fue extraño. De su juventud hicieron "ramos", "floreros" y unos extraños candelabros donde el hierro se fundía y la cera tomaba la forma del hierro. Usaban pocas palabras. Poco argot. Pocos sueños y una extraña nostalgia por los viajes no programados de geografía política y rutas físicas para la alteración de la conciencia. Podían hablar durante horas sobre un "perro" de madera o sobre lo humano de los perros, pero no había la menor posibilidad de relación.
Entre una camiseta de tirantes y tiras elásticas de anudar el cabello, "dormitaba" la diferencia. Permiso para conducir coches baratos. Coches baratos para conducir cajas registradoras. Un gran espíritu de barrio. Fundaron, de hecho, un falso barrio. Una falsa conciencia basada en "persianas", "gatos", "alcohol" ajeno; todos con su hermana líbido desconocida, para luego decir: "siento", "sufro", luego: "desconfío".
Mírame, decían, porque yo no te veo.
No me mires, añadían, porque si no, no te veo; soy el pequeño carrete de mis progenitores, abandonado en la calle cerrada por mí; soy el que prepara la sucesión exacta de lo mismo, aunque con una gran experiencia en el gasto del "dinero", del poder; del "control" de la falta de deseo.
¡¡Cuánto creyeron en  ropa gastada o nueva, en aliento generoso, en complicidad de corriente eléctrica que, accionando los nervios, hacía hablar!!
¿En qué habían podido perder el tiempo? (Nadie lo sabe). Todo el mundo lo sabe y ellos lo recuerdan perfectamente. Por éso se miran al espejo. Primero de perfil. Luego de frente. Desde su llegada, las noches no resuenan con ecos de tacones en las paredes de los callejones, no "suben" cangrejos de personas a los bordillos hablados. Nadie impone su música. No hemos vuelto a descubrir últimas horas y faltan voces. Algunas voces faltan. Es el completo aislamiento. Una popularidad basada en el comercio. Cambiaron los vendedores de sellos adictivos. Apenas lucieron un momento los brillos de los ojos distintos, porque muchos querían cambiar, dejar de una vez lo nuevo, caber en un sólo cerebro y compartir el resto entre unos pocos, dándose tiempo, recogiendo los pétalos que ellos mismos echaban al suelo. Así levantaron aquello que ahora conocemos como el pasado, tamizado por su eslogan:

Vuelvan a empezar. Nosotros queremos verlo. Duerman en mi sueño, no soy muchos, pero somos tres. Tres uñas de un gato que no conocemos. No damos nada nuestro y no queremos que nadie nos de lo que no tenemos. En este asunto, sólo hay dos lados. Y nosotros estamos del bueno.
 
 





CAPÍTULO VIII
NAVEGACIÓN Y PLACER

Al detectar colecciones de hortalizas en los bolsillos superiores de muchos "increíbles" sombreros, emprendemos "sabias" campañas encaminadas a la consecución de objetivos no demasiado "ligeros". Visto así, no deja de ser sencillo el trabajo de los espalderos.

Conchas abandonadas alfombran los camarotes, y las calles, engalanadas con fibra de vidrio, "reciben" a los cazadores. Atusándose la barba llegan éstos a la pequeña plaza octogonal de la que parte un estrecho túnel por el que fluye un canal. Las mujeres, que "son" muy delgadas, preparan sus bigotes postizos mientras se deja via libre a los caracoles, previamente numerados. En las mentes de estos moluscos caben alrededor de 2.250 "preguntas". Mientras tanto, ataviados con dedales escrupulosamente adquiridos, los detentadores de boletos de seguridad manosean a los niños en una danza coherente que encierra puntos de vista urbanos y caminos desconocidos hacia el origen de la espiral del cerebro. Allí se alojan las respuestas que precisan los caracoles para acceder al punto de partida, desde el que emprenderán, sin excepción, sus "respectivos" recorridos.
Se han restablecido las corrientes marinas para facilitar la tarea de los tejedores de espaldas. Sólo falta que se personen los verdaderos participantes en el juego: imponentes navíos de gran tonelaje, pintados de rojo y blanco, que sonríen con frialdad a la masa enfebrecida, a lo que ésta responde con miradas de soslayo, recientemente homologadas.
Las horas resbalan entre los dedales ceremoniales y las voces van aumentando de intensidad a medida que "avanzan" las estrellas por el firmamento lineal. Se cubre de escarcha el cubrecamas tejido con piel de legumbre, se levanta la niebla, se reparten equitativamente los distintivos oficiosos.
Es momento de agitar limpios pañuelos sujetos a las orejas con clips de metal y dejar caer por las comisuras de los labios hilillos de baba sintética. Recogedores sistemáticos de líquidos internos se apresurarán con las bandejas desechables: muchos han pagado con algún miembro de sus familias por el privilegio de desempeñar esa tarea.
Amplias viseras ensombrecen el entorno inmediato de los cerebros. La multitud, que se encuentra a más de un quilómetro de distancia, apenas lo advierte. No da más que para ver los flecos viscosos del Gran Sombrero Semi-Gótico y colgarse de ellos, que es como colgarse de Dios.
Durante los abundantes silencios de que se compone el día, cantamos:

Como el lápiz,
como el cubo.
Como todas las estrellas
perezosas.
Como el líquido amargo
que no presagia tormenta,
dé comienzo
la afrenta.

Comemos en la misma mesa que el hígado visible de la comunidad. Trabajamos con tesón para jerarquizar los calcetines distintivos y, alcanzada la familiaridad, departimos en el refugio de cristal tintado, dejando que la luz lluviosa taladre la sombra con haces de color indeterminado. Llenando la boca de palabras y los oídos de respuestas. Es necesario encontrar la juventud estable del mobiliario, la mutabilidad del suelo, el empleo de la tierra para gatos en el rellenado de ceniceros. Subyugados por intensas ráfagas de trabajo mental, cruzamos las piernas alternativamente para conseguir la presión necesaria en los testículos, respetando con meticulosidad los turnos de palabras.
 
 


CAPÍTULO IX
LAS MÁS SORPRENDENTES COCINAS

El ser humano, cuya naturaleza es acuosa, consiente con frecuencia que en él se den aires secos o terrosos y fuegos de baja intensidad de los que se usan para simular cerillas.
En los armarios personales de sus sobredimensionados almacenes, altera intencionadamente algunos de los más substanciales tejidos de su existencia, aprendiendo así a identificarse, fotografiarse y "taladrar" su personalidad.
Es hermoso encontrarle, en "grupos" o individualmente, entregado a la tarea de redistribuir el contenido bruto del planeta. Su entusiasmo es contagioso, como casi todo lo que acompaña pacientemente a esa envidiable disposición.
El ser humano, autor de libros memorables para consumo exclusivo de los árboles, ha trazado en su existencia un camino bordeado por estatuas cuya factura, aún variando según las propias "tendencias" expresivas de la especie, denota una clara voluntad de diferenciación con respecto a la inercia mecánica planetaria, al mismo tiempo que un temperamental acercamiento a sus materiales. De otra parte, el clásico sometimiento del ser humano a las leyes físicas le ha llevado a esforzarse por conocerlas detalladamente, para así poder simular su vulneración sistemática. El magnífico "espectáculo" de su historia es otro de los aspectos diferenciadores de tan singular especie. La sed inaplazable de su vesícula puede dar fe de ello.
Así, el ser humano, equipado con magníficos frenos desde su nacimiento, insufla aire en el fuego para hacer vidrio de la arena (ha sabido, sin duda, superar con "habilidad" las dificultades naturales para embarcarse en una bella narración muda donde cada personaje puede ser anulado por el estentóreo grito de los pies de todos los personajes juntos).
Pero es bien cierto que, en su difícil trayecto a través de las aguas, esta especie ha debido sacrificar cosas tremendas, desde los élitros almizcleros, tan útiles, o las perlas de palmera, hasta los hijos concebidos con el concurso de otras especies.
Admirable, su existencia mineral. Inocua, su capacidad consultiva. Exuberante, su variado lenguaje gestual que le convierte en el interlocutor ideal de las especies vegetales en extinción. Nada sería lo mismo sin el ser humano, y este tratado difícilmente podría haber sido escrito en estos términos sin la existencia orgullosa de esta especie, tan capacitada para la vergüenza.
 
 

CAPÍTULO X
EL OBSTÁCULO FLUÍDO

En los últimos "años" se ha trabajado sobre las respectivas densidades del aire especializado para la transmisión, es "decir", la dificultad general para que esos "rincones" mentales que llamamos nudos de valor, sean infieles a nuestra "forzada" presurización. Así, nos enfrentamos con indiferencia a los mismos asuntos de hace muy poco tiempo, cuando la "humanidad" acababa de nacer, cubierta por mantos de vegetación en los cráteres aún tibios de los "volcanes": nudos incompletos, nudos que se convierten en otros, nudos desconocidos y "nudos" arbóreos, ramificados hacia el futuro.
En la zona de transmisión de nudos, donde habita la "tormenta" eléctrica, el encuentro de cada "joven" con su imagen es el principio de la cadena de complicación que agiliza el "complejo" de no transmisión. Después, están los obstáculos.
 
 

EPÍLOGO
ESTAMOS EN BUENAS MANOS

En las mentes de todos suelen vaporizarse algunos sagrados conceptos como, por ejemplo, lo que hay que hacer con los demás. Por fortuna, terminales saludables de comprensión delimitadora introducen en el ambiente consignas y temas recurrentes que forman parte indisoluble de la tercera corteza práctica de la granada humana. Allí, en esa superficie plagada de hilillos prensiles, se ponen en marcha pequeños gatos mecánicos que trazan, incansables, los regueros de sueño social. De la granada, un resplandor sólido se alzará de inmediato alcanzando la corola de humos almizclados que provee los ocho fragmentos de anti-estupor estabilizados que conocemos como "tabla humanoide de perro", y que son los siguientes:

-el jarabe, pues dilata todo lo que es violeta.
-el juego de transmisores, ya que sin él, nunca se activa la palabra clave.
-el escalpelo de plata, para prevenir el mal de miedo.
-la bombilla de reflexión, que es un poderoso somnífero.
-el símbolo invisible de lo equivalente, conocido también como "Aquél, el huidizo"
-la cornucopia de ojo, o "rabillo perdurable".
-el grano de maíz ajeno, que representa la venganza de nuestros hijos.
-y el guante ceremonial de seis dedos, que permite esconder el vacío.
 
 






VOB                  IRL
 
 

T U                  CNA



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CIVILIZACIÓN DE UN DÍA
(Notas al Tratado sobre los Frenos)

Las constituciones "completas" participan de una serie de elementos que podríamos llamar "constitutivos" y que las "completan" en cuanto que "son" esenciales para su consistencia. Los "equilibrios" que elementos y fuerzas alcanzan en su afán por completarse, toman "formas" circunstanciales, y estas "formas" están sujetas a las leyes físicas. Así, tal como el mundo auditivo puede resultar "carente" para la cultura "visual", se nos presenta como "recurrente" cuando utilizamos nuestros propios mecanismos de subordinación para impulsar sus fantasmas a través de las estructuras neuronales, adalides de la "representación" pero paradigmas, en definitiva, del "circuito" o "movilidad" del pensamiento. La vectorización mental de esta manifestación "ectoplásmica" del arte, afecta a las matrices de lenguaje en cada ocasión en que son recurridas, desviando mecánicamente sus bancos de significados y adjudicándolos a una matriz nueva, o ajena, en una especie de "lateralización" progresiva que tiene tanto de aleatoria, como de subsidiaria del efecto básico de la percepción necesaria, que es aquella que se conduce escalonadamente y vuelve sobre sí misma sólo cuando obtiene coincidencias, es decir, cuando cree o debe estar completando una especie de "puzzle". El proceso que tradicionalmente, y no olvidemos que por "derecho", acostumbra a ocupar su lugar, es el de la percepción "modular" y a esta modulación le llamaremos "interpretación".

Lo elemental nunca es complejo. Diríamos que lo complejo está, en todo caso, procesado, y que en su extensión establece circuitos elementales que se superponen. Es decir, lo complejo es, necesariamente, multiplicidad y está repleto de sus partes constitutivas, las cuales no mantienen con él o ello una relación de exclusividad, sino que "proliferan", es decir, comparten su fuerza o tensión con innumerables otros fenómenos, pues no olvidemos

que lo complejo es únicamente fenómeno. Todas las partes constitutivas, los algoritmos de la realidad, "ejercen" con permanencia y son sencillas manifestaciones desconocidas de lo elemental.
Es así que, al igual que las estrellas de mar, la realidad es radial y el pensamiento que la interpreta se contiene en ella (no es el líquido exterior, sino más bien la nervadura sutil que la mantiene cohesionada). Aún así, el pensamiento no produce la realidad, pero el deseo sí, de manera infalible. Hay que resaltar que se da un grave extrañamiento de las realidades deseadas por parte de quienes mecanizan inconscientemente el deseo. Paradójicamente, el hrönir u objeto deseado de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (Borges, Ficciones), no sólo se encuentra en pleno día por que se perdió otra cosa la noche anterior, sino que en la más apropiada oscuridad, un anciano que transita un camino, puede hallar cinco monedas:

-La primera simboliza la máquina.
-La segunda, el estrago de la cosecha.
-La tercera, el blando recibo de las especies.
-La cuarta, el sabor de las ingles.
-Y la quinta, el tercer cerebro de la Humanidad.

En la máquina, el pequeño líder es "generoso" con los códigos de funcionamiento. Habla, pero sólo en el entorno de un diálogo posible, unidireccional, ajustado a la realidad que ha preconcebido (posiblemente esta mañana, o en la única mañana, a partir de la cual el contínuo espacio?temporal elegido se manifestará con la claridad de un recorrido único). Precisamente porque está dentro de la máquina, mide la velocidad de sus relaciones humanas en importancias por segundo y la de su propia capacidad de respuesta en importancias por minuto. Como la máquina es unívoca, no existe rechazo en la configuración cortical del pequeño líder ante la idea de "substituir" la información que llega del exterior por elementos repetitivos de teoría autogenerada. Teoría de la vida, es decir, nada.
¿Cuál puede ser entonces el futuro de una cosecha muchas veces común, muchas veces esperanzada o "llena"? Un futuro de estrago. Ruina de los significados que nunca se amasarán (existe un método para acelerar el estrago o, lo que es lo mismo, para que una segunda cosecha se dé a tiempo: consiste en llamar a la máquina y preguntar por el tercer cerebro de la Humanidad, que es aquél del que suponemos la existencia sin que sea necesaria la del segundo. En este caso, las sucesivas mareas de "armiños" que se conducen a sí mismos ante la presencia de su propia inflexión, reducen el estrago con la densidad de sus cuerpos. De sus "ideas". Del sólido reverso del espejo tribal que sostienen ante el hijo investido de paternidad).
Todo esto sucede al margen de los "negocios" que habitualmente trabamos con las demás especies. Tratados económicos cuya reciprocidad desafía algunas leyes importantes de la física y establece una poderosa y férrea estructura de la que siempre se desprenden copos algodonosos. La acción y la reacción se producen en los extremos de un segmento siempre estable que se interpone entre la dureza y la madurez. Podría decirse que el ser humano no puede pensar suficientemente por sí mismo debido a que siempre está pensando por los animales. Ante esa economía de línea "dura", las especies entregan blandos recibos de confianza y agradecimiento que jamás llegan a constituir un sólido depósito. Por éso nunca hay crédito para el animal que no aspira a ser humano en alguna medida y tampoco para el que aspira, lo cual quiere decir que si todos, humanos y animales, somos domésticos, sólo los humanos estamos domesticados.
Sólo hay que detenerse a pensar un momento en algo muy sencillo: estando al alcance de todos concer el sabor de las ingles, muchos son los que afirman no conocerlo en nombre del segundo cerebro de la humanidad, aquél cuya existencia suponemos sin presuponer la del primero.
 




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